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jueves, 10 de diciembre de 2015

Micronavidad

El viejo se sube los pantalones. La barba mal cuidada afea su rostro. Las gafas bailan con imprecisión entre el sudor graso de su nariz y su labio. La voz grave de la mujer que le mira desde la cama le recuerda que le debe cincuenta. Y diez más por las sábanas. El viejo termina de cerrarse la cazadora de cuero, rojo. La mira con indiferencia y le desea que pase unas fiestas felices con su familia y amigos, y desaparece. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Las andanzas de Uno (I)



El día en que a Uno le dicen los resultados médicos y no son los que Uno esperaba, sino los que no quiere oír, ese día, se acaba la historia de Uno, de todos, y empieza otra que no tiene nada que ver con lo que Uno había soñado desde niño con que sería la vida de adulto.

Y no es porque lo oyera de uno mismo. No. Estábamos ya varias jornadas disfrutando de la hospitalidad del personal del Morales Meseguer cuando, casi sin avisar, se nos vino encima el jarro de hielo. Cáncer. La palabra que nadie quiere pronunciar y, menos aún, escuchar. Y el caso es que no dijeron abiertamente “cáncer”, sino que hablaron de un T-III en fase 2 o algo así, en el estómago, a la altura del píloro y que, como efectos secundarios, provocaba o se manifestaba - o vaya uno a saber qué -, con una artritis reumatoide. Que no vea el chiste de saber que el no poder doblar bien las rodillas o que se inflamen las muñecas puede estar relacionado con que el estómago haya decidido vivir su propia vida.

Así comenzó el primer día de una vida, en la que la persona afectada no volverá a ser la misma, nunca. Porque le faltará un órgano, o varios, o la vida entera. Y porque los de alrededor ― entre los que está Uno ―, los que tienen que convivir con esa persona, nos daremos cuenta de que ya no hay sábados sin fin o domingos de resaca, o porque el peso y el pelo se pierden de manera alarmante, casi a diario. O porque habrá momentos en los que él decida que es mejor abandonarse, y habrá días en los que pensarás que cómo es posible que no se abandone. Porque sí, porque ya lo dicen todos los artistas, que hemos nacido para morir, que hay que saber dejar huella y todo eso. Pero cuando la muerte se planta delante de alguien cercano, le tutea y le dice con claridad matutina que “hasta aquí” es cuando ves cómo se rebela la persona, el mundo que lo rodea, los mismos médicos, los amigos. La familia.

Uno no recuerda si era lunes o jueves, si marzo o abril. A uno le da igual esa precisión temporal. Solo sabe Uno que el día que le dijeron a su madre y a él que su padre tenía un cáncer del tamaño de su estómago en su estómago, su madre se abrazó a Uno, sollozó, dijo que no podía ser y, tras unos minutos angustiosos, preguntó por las esperanzas que daban los médicos. El cuñado de Uno, verdadero hermano mayor, dijo que las daban, y ya era suficiente. Así que la autora de los días de los hermanos de Uno y de Uno mismo, como siempre entera y fuerte, se sonó la nariz y dijo “a por ello”. Hubo que decirlo al resto de la familia; información sesgada de manera voluntaria unas veces intencionada otras. Uno investigó, leyó, estudió. Supo lo que padecía su padre y, lo peor de todo, cómo lo tenía. Supo que la pericia del cirujano era importante, la actitud del paciente fundamental pero, sobre todo, comprendió que lo necesario era (y es), que el tumor no tomara posiciones. Que no se hiciera fuerte en ningún otro sitio que no fuera el localizado, el acotado. Que no hubiera metástasis. En uno de los centenares de portales médicos que consultó se mostraban fotos, diagramas de la intervención, posibles resultados. Todo. Aprendió a trazar diagramas de flujo para que tomara la decisión, después del alta médica, ya en casa, él solo de ponerse un tipo de insulina u otra dependiendo de los resultados de los autoanálisis. A discernir entre un tipo de alimento y otro. A animar y a hablar de futuro como si estuviera sin escribir y en perfecto estado de estreno, como hacía un año. Todo eso se aprende desde la barrera, desde la comodidad del sofá de casa o del catre. El que pasa por el quirófano, por las noches sin dormir, por las angustias y los vómitos sin fin, por más intervenciones de las deseadas, es el paciente. Que maldito nombre y qué bien puesto, porque no hay nadie con más paciencia que un enfermo.

Ha pasado casi un año. Sigue vivo, el padre de Uno. Lucha como puede, como sabe. No deja que pase un solo día sin aprovecharlo al máximo. Ahora sí. Aquel “déjalo, ya lo haré” que solía decirles a sus hijos cuando niños se ha convertido en un “vamos a hacer, planifiquemos, realicemos, actuemos” que, incluso, llega a agobiar un poco. Ahora se entienden muchas posturas y muchas frases hechas. Ahora Uno se da cuenta de que es cierto que la familia, como los amigos, ha de ser el centro de comunicación del universo de cada uno porque el día menos pensado, el día más sentido, falta un miembro, falta un número en la lista de personas a las que querer y admirar y ya no se sabe cómo sustituirlo. Y no tiene por qué el miembro ausente ser el más viejo ni el pariente más directo.

En el año que llevamos de peregrinaciones Uno ha aprendido muchas cosas; y también ha descubierto que la realidad del cáncer está demasiado cerca; que golpea con tanta o más dureza que en la morada de Uno, en cada esquina, casi en cada casa. Amigos, amigas, familia pasada y presente, familia de amigos. De repente surge un caso nuevo cada pocas semanas en personas que uno quiere que sean inmunes al paso del tiempo, porque tienen tanto que dar todavía al mundo que es de recibo que no les pase nunca nada. Y, sin embargo, ahí están los tíos de Uno, uno vivo y el otro no; el mundo de los fines de semana sonoro y las lunas colaboradoras; la hija de la amiga; la hermana de otra; la madre de otro. El compañero de trabajo; su mujer. Y así, hasta el finito número de personas que Uno conoce.

Termina Uno por querer que las ansias de evolución, de crecimiento, aquellos días infantiles en los que quería ser mayor para poder olvidarse del control paterno vuelvan; que la vida no cambie, no le cambie. Pero no puede Uno sino advertir que el tiempo es fugaz, como decían los viejos relojes de péndulo que solía observar Uno en la joyería de aquel señor mayor que, en efecto, ha pasado a mejor recuerdo. El tiempo es limitado, pequeño; es una gota de una materia o de una energía regida por unas leyes incomprensibles. Ahora que Uno ve cómo el mundo que creía estable y planificado se hunde en el caos de la realidad, Uno cree que al escribir unas líneas de reflexión podrá ayudarse o ayudar a alguien más. No lo sabe ni Uno, ni nadie.

Una merienda no tomada en su momento, una conversación interrumpida por una tontería, una vieja enemistad forjada por malentendidos pueden ser circunstancias insalvables por obra de esta enfermedad, dicen que tan vieja como la Humanidad. Uno no quiere dejar pasar el poco tiempo de que dispone para disfrutarlo con las personas que la vida ha tenido a bien poner en su camino, pero tampoco quiere que la vida lo sobrepase.

Ha pasado otro día, otra noche arropa ya al que se dedica a pensar en voz escrita sobre el tiempo, la gente, la vida. Y Uno decide que, si todo se confabula en contra suya, él será capaz de rebañar segundos a las horas y dedicarlos, al menos, a compartirlo con aquellos que le decidieron dejarle entrar a compartir mesa, mantel, té y risas. Uno será, como el viejo tío Albert, o como Bert, y se dedicará a visitar de pensamiento, de palabra, de obra, a las personas que le dieron parte de vida en su vida.

Contaremos las andanzas de Uno durante este tiempo que dura y durará la enfermedad en su familia, con sus amigos, y veremos si sirven para alguien. O para algo.

domingo, 22 de junio de 2014

Servicios públicos.



“En cualquier caso, nuestro desgobierno no afectará jamás, ni hoy ni nunca, a los servicios públicos básicos.” El dicharachero presidente disfrutaba arengado una vez más a la arruinada plebe desde su atalaya de oro. No respondió preguntas de ninguno de los medios allí presentes. Para qué, si estaban todos controlados por los diferentes ministerios. Dirigió su silla de ruedas hacia la puerta trasera, su favorita para salir de las ruedas de prensa incómodas, y le introdujeron en la ambulancia oficial. Su convalecencia estaba siendo larga y pesada, pero el equipo médico habitual le filtraba y cambiaba la sangre a diario y lo mantenía con carísimas terapias desarrolladas por investigadores patrios dispersos por el mundo. Afuera, las fuerzas de seguridad del estado empujaban y reprimían a todo aquel que osaba mirar de frente al vehículo albino. La muchedumbre clamaba a su gobernante justicia social, soluciones al drama de la hambruna, del paro. Ayudas a la salud pública. Todas las reclamaciones se enredaban entre porrazos y balas de goma y llegaban distorsionadas a sus cansados oídos. Demasiados años de gobierno absoluto. Desde dentro, el prócer corrió la cortinilla de la ventana trasera con la mano izquierda y pudo ver bajo la marquesina junto al café a un par de meretrices apenas mayores de edad que estaban siendo golpeadas por sus padrinos. “¿Ves?”, espetó a su vicepresidenta. “El pueblo es feliz. No sé a qué santo viene esta algarabía de cuatro antisistemas, no es un pueblo como Dios manda. No es un pueblo sumiso. Si tienen sus servicios públicos básicos garantizados…”

viernes, 7 de junio de 2013

Las abuelas ciegas


 

Llegan como tormenta de verano. Se arremolinan en torno a nosotros, nos aturden con sus gritos, nos empujan, desbarajustan y arrancan y desgarran todo a su paso hasta que se salen con la suya. Las abuelas, ciegas en su mundo, no respetan ni la más elemental cola del súper.

domingo, 19 de mayo de 2013

Amor incondicional


     ¿Me quieres?

     Claro, ¿por qué lo preguntas? ¿Por qué, esta mañana? Sabes que te quiero. Desde el primer día te quiero. Desde la primera vez que me sonreíste, desde la primera vez que te cogí de la mano te quiero. Desde que nos acostamos en esta cama, hace casi una vida, te he querido. Nunca he dejado de quererte y nunca…

     ¿Me quieres?

Me di cuenta, por fin, del horror al que su enfermedad nos iba a empujar para siempre.

martes, 14 de mayo de 2013

Telón

Se cierra el telón. Los actores paladean los últimos - literalmente - aplausos de su vida en este teatro. Los tramoyistas, antes de que pudieran siquiera voltearse y despedirse los unos de los otros, ya han comenzado a desmantelar los decorados, los camerinos incluso. El silencio atroz que flota entre los martillazos y los gritos de cuidado y atención no resta ni añade solemnidad al acto. El protagonista y su compañera miran en derredor y solo ven abatimiento y desgana. El empresario, en su palco, sentado junto a la implacable inversora, mira el reloj una y otra vez. Demasiado están tardando en desaparecer de su vista. El local está vendido, la firma rubricada, todo desaparece. Detrás del telón, solo hay flaqueza. Falta de voluntad. Han sido demasiadas representaciones juntos; toda una vida. Los diálogos entre ellos ya no eran textos a interpretar sino vida a vivir. Intentan articular palabra, alentarse. Pero saben que es imposible. Esa caída de telón, para ellos, para todos, ha sido la última.

En el teatro que una vez pareció amanecer un imperio, gracias a los caprichos del público volátil y la aquiescencia del empresario manipulado y bobo, en ese teatro - digo - jamás volverá a amanecer.

jueves, 2 de mayo de 2013

Manicomio.



Cuando amaneció, la intranquilidad volvió a mi mente. Seguía en el mismo sitio, con la misma ropa y el mismo aroma a hospital cerrado, húmedo. Las noticias del exterior eran cada vez peores. La masa, hambrienta, ocupaba ya  casas habitadas, colgaba a los irresponsables que – no hacía tanto tiempo – llevaron al abismo al país. Respirábamos las sirenas de los servicios de urgencia. Me levanté como pude y le pedí a mi enfermero que ese día tampoco me dejara salir a la realidad.

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