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sábado, 18 de diciembre de 2010

Agua (para Fer)

Cuando niño, pasé los veranos en juegos en brazales, acequias y entre portillos. Íbamos para tirar hojas de cañas o barcos de papel con muñecos hechos de palo a las corrientes de agua de riego para luego ir a buscarlos por los bancales.
Era excitante esperar el agua: desde mediados de mayo, en los primeros compases del verano, veíamos trocar los azahares por limones en crecimiento y queríamos emular a los huertanos, y plantábamos pimientos, berenjenas, y podábamos los rosales; veíamos cómo labraban la tierra y, al tacto, nos decían que ya sabían que estaba más que seca. Que tenía que venir el agua. Los huertanos nos miraban, a toda la chiquillería, y no entendían que nosotros también les miráramos a ellos. Para unos, cuestión de supervivencia; para nosotros, juego y diversión de verano. El día en que oíamos la bomba del motor traer a raudales el frescor a la tierra era especial: era un río que iba a dar a la mar de limoneros y naranjos que teníamos, y los hijos de los vecinos y nosotros corríamos y chillábamos “¡el agua, el agua!”, y teníamos que buscar las hojas más grandes en los cañaverales, en los árboles, para comprobar si las lagartijas cazadas y con la cola cortada minutos antes eran capaces de llegar a nado a dique seco (sí, éramos crueles y políticamente incorrectos, era verano, éramos niños, carne creciendo). Saltábamos dentro de los brazales para refrescar la canícula murciana y la fuerza del agua nos arrastraba y arañaba las rodillas y los codos, y escocía la piel. Aunque luego, lo que más escocía era el tirón de orejas de mamá delante de los demás niños. Y perdíamos chanclas en el barro blando, porque nos retábamos a ver quién corría más por encima del mismo, y los labriegos nos insultaban para que no estropeáramos los caballones que debían dirigir el maná celestial hacia el sediento pueblo vegetal. Si el agua venía de tarde teníamos la excusa perfecta para desaparecer hasta la noche; si era de noche, nos armábamos de linternas y botas para poder embarrarnos a gusto imaginando y viviendo nuestras propias aventuras. Era siempre el día de juego más salvaje, dos veces cada mes del verano, repetido seis veces cada estío. Y siempre, al terminar el arduo trabajo de disfrute de la vida, nos esperaba una limonada casera, recién cortados y exprimidos los limones. Cómo olvidar ese olor, ese momento de vida.

Cuando niño, creí que nunca se terminaría el placer de sentir el fresco húmedo de las noches de verano, de las tierras recién regadas, de los galanes de noche y de los jazmines. Hoy pretenden hacernos creer que ese olor sigue ahí, en los nuevos verdes, pero son solo campos de golf regados maquinalmente y sin ilusión, ejecutores civilizados y no culpables del mal entendido progreso.


Fulgencio S. García.

Desconexión

El color de tu rostro desaparecerá en el momento de la desconexión.
Siento tus últimos latidos, tus últimas palabras.
Me has llevado a tantos lugares extraordinarios, de una manera tan fiel y alegre, que no puedo creer que yo haya tomado esta decisión. Es complicado resumir en tan poco espacio tanta vida compartida. Desde que apareciste en mi puerta hasta hoy has llenado mi triste soledad. Y ahora, de una manera aséptica pero dolorosa…, adiós. Para siempre. Tu corazón está mal, deja de funcionar. Y aunque mi mente puede asumirlo de manera racional, yo no quiero ser el firmante y ejecutor de tu sentencia. Quiero creer en algo, en que se debe poder hacer algo. No puedo entender que, con tecnología tan avanzada, nadie sea capaz de evitar este momento.
Te miro y se me rompe el alma.
No queda ya mucho tiempo. He avisado a… los carroñeros… para que vengan a recoger tus restos. Estarán aquí sobre las cuatro. Solo un par de minutos para despedirnos. Me inclino sobre ti y, aun en estas últimas fracciones de segundo, vuelvo a sentir la electricidad de los primeros días. Me cosquillean los labios. Te beso. Adiós. Hay que ser fuerte. Cojo el cable. Tiro. Un último “bip” sale de tu altavoz y te apagas. Mi viejo Pentium CENTRINO ®. Dentro de poco, un modernísimo CORE DUO ® presidirá mi mesa, y la gigantesca pantalla plana de 42”, mi vida. Pero, mientras tanto, disfrutaré de estos últimos momentos, feliz, abrazado a ti.



Fulgencio S. García.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Moonlight Serenade (1)

La nueva melodía de Glenn Miller suena en el gramófono. A través del vidrio de la ventana del salón veo la lluvia caer sobre el cenador del jardín, mi silueta reflejada en el vacío, el estanque que están construyendo nuestros padres. Saco el encendedor de la americana y enciendo un rubio mientras el repiqueteo del agua empapa el ambiente. A lo lejos se ve un rayo caer, hace mala noche. Las volutas de humo se enredan en mi pelo engominado y recién cortado, después de pasar por debajo de mi nariz y mis ojos. Distraído, me apoyo en el alféizar de la ventana. Me llevo el cigarrillo de nuevo a la boca y aspiro; el rojo del tizón es devuelto por la oscuridad de ahí fuera. Se perfila el morro del largo faetón recién salido de fábrica que acabo de aparcar en la puerta. “Moonlight Serenade”. Qué bella melodía. Dicen que el señor Miller no la había querido interpretar hasta ahora en sus conciertos; dicen que su mujer le ha convencido para que la dirija y no para que la interprete, que solo haga los arreglos orquestales. Una gran mujer detrás de un gran hombre una vez más, siempre atenta a lo que su marido necesita.

Salen las notas del moderno disco de vinilo. Este nuevo material ha sustituido a la pizarra con rapidez, y dicen que aún veremos más sorpresas en el futuro.

Debe hacer frío fuera, aunque parece que la tormenta se está yendo y nos quedará una noche tranquila para nosotros. Serena. Las nubes de retiran y las últimas gotas se caen desde los canalones del tejado sobre el porche. El aroma húmedo del barro y del verde de la primavera viene desde el estanque. Está a punto de terminar la pieza. Me miro las manos, el traje de lana inglesa, las manchas de sangre. Tu cuerpo, despedazado, espera en la alfombra detrás de mí. Ha dejado de llover. Con el agua caída será más fácil remover la tierra. Que el demonio me lleve; a lo hecho, pecho.

La luz de la luna llena me ilumina el camino…


Fulgencio S. García.

martes, 7 de diciembre de 2010

Sex Symbol (I)

- “¿Me amas?”
- “No; solo te deseo”

Lo empujó con suavidad hacia el cabezal de la cama y, mientras le ataba las manos y lo amordazaba, él sintió de nuevo la misma punzada de dolor en el corazón. Había vendido su alma al diablo por ser el icono sexual de su época y ser amado pero no había tenido en cuenta las cláusulas del contrato. Incapacidad definitiva para el amor.
Mientras ella lamía su cuello y mordisqueaba su lampiño pecho musculado, una lágrima se le escapó, tímida y fugaz, por la mejilla hacia su oreja.

Cerró los ojos con fuerza y se dejó hacer, resignado, una vez más.


Fulgencio S. García

Sex Symbol (II)

- “¿Me amas?”
- “No; solo te deseo”

Estaba harta de las preguntas idiotas de los hombres, de su prepotencia y de que se rieran de ella. ¿Amarle? Había buscado el amor verdadero en todos y cada uno de sus amantes, y todos y cada uno de ellos la había utilizado para el placer egoísta. Y ahora este le salía de nuevo con la pregunta del millón. Se volvió a quedar fría y mecánica, y repitió sus movimientos de siempre, sin pasión.

Lo empujó con suavidad hacia el cabezal de la cama…

Fulgencio S. García.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Berta



— « Por cierto, ¿hoy es domingo? »
El vigilante del museo se quedó helado. La tapa del sarcófago se había abierto y la momia le había hablado. Cayó redondo al suelo y el metal de las llaves y la linterna, en un momento, pusieron banda sonora al silencio sepulcral.
Y como no pudo contestar me encerré de nuevo, moví el amasijo de vendas y me acomodé y volví a dormir mi siesta. Si no era domingo todavía, Berta no se habría dado cuenta de mi ausencia.


Fulgencio S. García.

¿Qué es esto?


Partió de madrugada, como estaba previsto. Un caballero andante, según las reglas de la caballería, no podía dormir – cuando se lo permitía su disposición – más allá del alba, y nunca se había de acostar antes que el señor de la casa. En aquélla le habían tratado bien, así que dejó un trozo de cuero de la faltriquera con un “gracias” escueto bajo el catre, y partió. Su búsqueda debía continuar, y tenía la corazonada de que aquel iba a ser el día. Después de sus oraciones siguió los rituales del vestirse y, sin más, montó y partió. Le habían asegurado que en aquellos parajes vivía el último ejemplar de su especie y quería encontrarlo.

Su escudero, algo analfabeto y pueblerino, le seguía a distancia prudencial, con la queja continua en la boca por el hambre y las incomodidades que le imponía el oficio. Como siempre. Estaba medio dormido, ya que el alba todavía no dejaba paso al sol; había ensillado de manera poco efectiva ambas monturas, y notaba cómo su silla se deslizaba hacia atrás sobre el lomo de su jamelgo. Avisó por dos veces a su señor de que debían detener la marcha unos minutos, aunque no fue por las voces por las que el amo paró. En lontananza se perfilaba algo más grande que un caballo, algo más mágico.

— ¿Qué es esto?

Preguntó al aire el caballero, a sabiendas de que la respuesta solo estaba en su mente.

— Un unicornio… - susurró para sus adentros.

El escudero le miró absorto y esperó la reacción del amo. Él quería ir hacia el animal, tocarlo, cogerlo y ensillarlo, para poder comprobar si todas las leyendas e historias que había oído de boca del de la espada ligera eran ciertas o no.

— Nunca había visto uno de cerca – su señor seguía ensimismado.
— ¡Qué bonito!
Exclamó el pobre diablo, sin darse cuenta de que su atronadora voz asustaba a la aparición, que se dio media vuelta y trotó hacia el amanecer. A lo que el señor al ver que el fin de su búsqueda, la razón de su peregrinaje a aquellas tierras se esfumaba igual que había aparecido, montó en cólera y, rugiendo como un león, desenfundó la espada y amenazó a su escudero con darle muerte de inmediato por su imprudencia y poco saber estar.
— ¡Vete, vete!

A lo que el pobre desgraciado, sin entender el por qué del enfado de su señor, dio media vuelta y solo pudo mascullar entre dientes:

— Lo siento





Fulgencio S. García.

martes, 30 de noviembre de 2010

Perdición


«No te enamores nunca. Es la máxima que debe presidir tu vida. Nada de compartir sentimientos, anhelos, ilusiones ni esperanzas. Nada de sentirte atraído por un cuerpo, una boca, unos ojos preciosos. Nada de sexo ni de sensualidad. Siempre sale mal, siempre hay terceras y cuartas y quintas personas que lo echarán todo a perder. No creas que el sentir el calor del aliento de la persona amada en tu aliento es agradable o emocionante o excitante. Que el dulce sabor de su saliva en tus labios, su tacto al resbalar por tu cuello es lo que más quieres en la vida. Que la lujuria que provoca la presión leve de sus dientes en los lóbulos de tus orejas es lo que deseas sentir cada noche al volver de trabajar. Que la pasión que desencadena ese beso es lo que te salvará del hastío diario. No. Ese beso es la perdición. Ese beso será tu último beso, el que te condenará al fuego eterno y…»

«Déjelo, Padre Damián, Déjelo. Como siempre, su discurso de bienvenida al seminario no provoca sino más bajas y deserciones. Cuándo aprenderá, Dios mío, cuándo aprenderá a no ser tan descriptivo.»


Fulgencio S. García.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Instrucciones para enamorarse (ejercicio)

En primer lugar, partamos de la imposibilidad de satisfacer a todos en todo en la vida. Es, pues, innecesario remarcar que las instrucciones aquí reflejadas no serán válidas para todas las personas que intenten ponerlas en práctica. Pero ello no ha de agobiarnos ni desalentarnos, sino que debe hacer que la perseverancia y la búsqueda de la excelencia se conviertan en nuestro objetivo.

Para encontrar el amor de nuestras vidas deberemos sopesar con cuidado el término «vida» ¿Todos tenemos una? Bien. Eso nos da una ligera ventaja sobre los que no la tienen y nos sitúa en primera línea en la parrilla de salida. Ahora bien, estar vivo es condición necesaria pero no suficiente: una vida alojada en un cuerpo sin curiosidad, sin capacidad de sorprenderse o de sorprender, sin ánima al fin, es una vida desaprovechada, una vida huérfana que, además, no sabrá dónde ni cómo buscar lo que queremos encontrar.

Así, pues, ya tenemos algunos elementos a conjugar para poder llevar a buen puerto nuestra nave expedicionaria: hemos de estar vivos y hemos de ser curiosos, tener capacidad de sorprendernos, ánimo y ganas de disfrutar. Con estos ingredientes ya estamos preparados para poder enamorarnos de nuestra media naranja. Pongamos en marcha el experimento y salgamos a la calle.

En la calle nos esperan decenas, centenas, miles de personas de uno u otro sexo que pueden ser perfectos candidatos. No nos obcequemos si el primer día no obtenemos resultados: se han descrito casos de seres que, ya en el lecho de muerte, seguían clamando por poder culminar el proceso. Por supuesto, sin el resultado esperado.

¿Cómo poder saber si estamos hacemos lo correcto para obtener lo deseado? Pues se ha de trazar un perfil: lanzarnos a la calle sin saber qué queremos nos puede llevar al caso antes mencionado. Esta es una tarea ardua: hay que definir las prioridades: altos, bajos, delgados, gruesos, morenos, rubios o castaños, los perfiles a evaluar son casi infinitos. Entonces, nos fijamos en nosotros mismos, en nuestro «yo», ya que no queremos aparecer en una reunión familiar con alguien muy estrafalario o en una cena de amigos (tal y como son ellos), con una persona incapaz de mantener una conversación interesante. Deberá ser esta pareja ideal alguien parecida a nosotros, en estatura, gustos, complexión e ideas. No igual; eso, no. Parecido. Alguien con quien compartir nuestras aficiones, pero que nos permita disfrutar de nuestra soledad de tarde en tarde, para que podamos reencontrarnos con nosotros mismos.

En resumen, para encontrar el amor de nuestra vida deberemos estar vivos, ser curiosos, animados, buscar algún rasgo común definitorio de ambos, trazar un perfil físico y psicológico adecuado a nuestros intereses y a nuestra forma de vida, y buscarlo con ahínco, y habrá que descartar, para ello, las posibles desviaciones del objetivo trazado. Bien.

Ahora, rompan estas instrucciones, quémenlas, tírenlas al río más próximo porque por más que cada uno de nosotros se haya hecho el propósito firme de no salirse del programa establecido, la vida, con mayúsculas, se empeña en que nos enamoremos, siempre y sin remedio, de la persona más difícil de alcanzar.


Fulgencio S. García.

Sueños


“La sangre sobre la nieve es más roja” pensaba absorto mientras paseaba por las calles heladas de Estocolmo. Ella me acompañaba, hablando sola, como siempre. Giré la cabeza, miré a un lado y a otro. Su letanía se helaba en el aire. No veía a nadie y la hora era propicia, así que me aseguré de nuevo. Me armé de valor y la empujé. El tranvía que se aproximaba la arrolló con tranquilidad, sin aspavientos. Frenó y abrió las puertas y yo, mientras, me perdía por las callejuelas. Una gran mancha roja se coagulaba sobre la nieve.
“Cariño, ¿en qué piensas? Estás absorto toda la tarde, ¿no oyes lo que te acabo de contar?”. Su voz me devolvió a mi realidad.
“Sí, nena, sí, que qué bonito y qué grande es todo”.



Fulgencio S. García

viernes, 15 de octubre de 2010

El Engendro

El doctor Melonino no salía de su asombro. En sus más de veinticinco años de obstreta nunca había visto nada similar. Pero la ecografía y las radiografías que tenía delante no dejaban sitio a la incertidumbre, sin lugar a dudas el feto de cuatro meses y medio que portaba la señora Palomares presentaba unas extrañas protuberancias, al parecer óseas, en las sienes y entre los ojos. Era algo inexplicable. En la revisión rutinaria de los cuatro meses había observado algo raro, por ello mandó realizar unas pruebas adicionales a los quince días, ahora el fenómeno se había desarrollado de manera inobjetable.

Revisó con cuidado todas anormalidades y complicaciones documentadas sobre fetos de esa edad y no encontró nada igual, salvo que ese niño estuviese convirtiéndose en rinoceronte dentro de su madre, no había ninguna explicación a la deformidad que se estaba creando.

Consultó con otros expertos y mandó las ecografías y placas a personalidades médicas de medio mundo con resultados desesperanzadores, nadie sabía lo que le estaba sucediendo al pequeño de la señora Palomares.

Llegados a este punto no quedaba más que comunicar el problema, si es que lo era, a los padres de la criatura. El feto mostraba todos los parámetros medibles perfectos, el embarazo se desarrollaba con una pasmosa normalidad. Pero algo estaba creciendo sobre su carita.

El señor Pellicer y la señora Palomares, padres de la criatura, se alarmaron razonablemente al conocer el problema, pero tras conocer que el embarazo no corría peligro y que presumiblemente acabaría felizmente y entonces se podría tratar el problema quedaron algo más tranquilos. El doctor Melonino les dijo que harían un seguimiento semanal y pruebas adicionales conforme el crecimiento del feto lo fuera permitiendo para establecer la causa y el alcance del problema.

A los dos días el doctor Melonino recibió a una dama entrada en años que se identificó como la madre de la señora Palomares.

- Usted me dirá señora.
- Mi hija me ha contado la complicación con su embarazo y creo saber la causa del problema.
- No me diga, no me diga, ¿y cuál es esa causa, señora?
- Pues que mi yerno es un completo imbécil y el niño le está saliendo a él, medio bestia y medio persona. No sé qué vio mi hija en semejante mostrenco. Sin ese cretino hubiese llegado a ministra con total seguridad. No sabe usted qué notas sacó en la carrera. Cuando terminó se la rifaban en todos sitios, hasta la llamaron de una empresa alemana. Pero ella se enamoró de ese pazguato que no acabó la EGB y que la ha encerrado en su casa.
- Terrible sin duda - interrumpió el doctor Melonino harto de la monserga de la señora – pero no veo la relación.
- Allá usted, pero yo investigaría por dónde le indico. De semejante pasmarote no puede salir nada bueno. Con lo que prometía mi hija.

El doctor Melonino se deshizo como pudo de aquella señora tan pelma y estuvo un rato mirando por la ventana reflexionando sobre el extraño caso del hijo de la señora Palomares.

Mucho más extrañado se quedó al día siguiente cuando la propia señora Palomares entró en su consulta asegurando que ella también sospechaba sobre la causa de la anormalidad fetal que portaba.

- Mire doctor, es difícil para mí explicarle esto, pero creo que el problema proviene de los genes de la familia de mi marido. Tiene usted que ver a sus dos hermanas, mis cuñadas, son muy feas, dos monstruos casi. Y eso que se han operado de casi todo lo operable. Le aseguro que no son fáciles de mirar. Eso debe ser una desviación genética y mi pobre hijo la ha heredado y se manifiesta con esa especie de cuernecillos que le están saliendo.
- Ya veo, ya veo… lo tendré en cuenta no se preocupe, váyase a casa y descanse.

El doctor Melonino estaba perplejo, pero mucho más asombrado se quedó cuando estaba tomando café en la cafetería del hospital y le abordó el señor Pellicer.

- Perdone que le moleste doctor pero creo mi deber explicarle el motivo de los problemas de mi hijo.
- No sé por qué pero me lo estaba imaginando.
- ¿cómo dice?
- Nada, nada, dígame ¿quién es el culpable según su teoría?
- Mi suegra. Mi suegra se cree el colmo de la elegancia pero en realidad está como cabra. Está como un cencerro créame.
- Ya, y usted cree que se trata de un problema genético y su hijo lo ha heredado.
- Eso es.
- Magnífica ayuda caballero, ahora déjeme pensar y duerma tranquilo que yo me ocupo de esto.

Por supuesto el doctor Melonino no se sorprendió en absoluto cuando en dos días le abordaron dos señoras feísimas similares a cacatúas.

- Déjenme que lo adivine, ustedes son las hermanas Pellicer y sospechan conocer el origen de los problemas de su futuro sobrino.
- ¿cómo puede saberlo?
- Porque soy una eminencia. A ver, explíquenme su hipótesis, supongo que la madre tendrá algo que ver, ¿es así?.
- Qué listo es usted, lo sabe todo, ya se ha dado cuenta. La deformidad sin duda está provocada por la ingente cantidad de canutos que se fumó su madre estando embarazada. Fumaba más canutos de Sánchez Dragó y su gato juntos.
- Asombroso. Eso sí que son canutos. Y de la genética ¿Qué me dicen?, ¿no tiene participación?. Hay quien piensa que sí.

Cuando se pudo desembarazar de las dos hermanas Pellicer, el doctor Melonino había tomado una determinación. Hizo llamar a la señora Palomares para unas pruebas urgentes.

Habían pasado casi tres meses desde que se descubrieron las alteraciones en la cabeza del feto. El embarazo se había desarrollado normalmente, faltaba poco para el parto. Las protuberancias habían crecido a la par del feto, pero no se podían observar bien por la posición de éste. Lo que era seguro es que no alteraban absolutamente ninguna de las demás características físicas y órganos vitales del futuro niño Pellicer Palomares y que éste se desarrollaba del todo normalmente salvo en lo que se refiere a los extraños salientes de su cabeza.

Fue entonces cuando el doctor Melonino convocó a los padres de la criatura a su consulta para explicarles los resultados de los últimos análisis realizados. Acudieron los padres acompañados de la madre de ella y las hermanas de él que insistieron en acompañarles.

- Me alegro que hayan venido,- les recibió el doctor Melonino- han de saber que encargué hace unos meses un análisis de ADN completo del niño y ya tenemos aquí los resultados. El análisis es concluyente: este niño no es humano.
- Lo sabía, es un extraterrestre – interrumpió la madre de la señora Palomares.
- Salvo que su hija esté pensando dar a luz en el espacio exterior este niño será murciano señora. –respondió molesto Melonino.
- ¿Qué es entonces?, ¿Un insecto? – El señor Pellicer estaba algo trastornado.
- Aquí el único insecto es el cerebro de algunas personas presentes. Se trata de algo muy extraño, este niño ha sufrido tal cantidad de mutaciones y de alteraciones cromosómicas que no puede ser considerado humano, ni siquiera de una raza diferente a las conocidas. Se trata de un ser perteneciente a una especie nueva, su ADN es tan similar al del Homo Sapiens como lo puede ser el de un chimpancé. Lo asombroso es que es una criatura viable, estamos en condiciones de afirmar que vivirá tras el parto. Lo que no tenemos muy claro es en qué consistirán las diferencias con todos nosotros, no obstante su fisonomía es prácticamente igual salvo las protuberancias en la cabeza y no hemos encontrado ninguna diferencia el cerebro. Deberemos esperar a que nazca para tener una idea más clara.

Pasadas tres semanas la señora Palomares dio a luz a la criatura Pellicer Palomares. Era un niño perfectamente normal salvo por un apéndice al parecer quitinoso que surgía de sus orejas y se apoyaba en su nariz tapándole los ojos, con dos extrañas aberturas por las que sin duda podría ver.

Había nacido Paquito Pellicer Palomares, el primer Homo Gafapastensis.

martes, 27 de julio de 2010

Notas de montaña (Ful) - Dinotilla.

Me he encontrado un huevo mientras andaba una ruta de montaña. La cosa no tendría más historia si no fuera porque es un huevo fósil, con su cáscara, con un helecho prehistórico impreso en ella, su corte transversal perfecto gracias al que se puede apreciar lo que en su día fue el embrión y un trazo de lo que parece ser otra cáscara junto a él. Me barrunto, por ello, que fuera un nido y que todo fosilizara al mismo tiempo. Impresiona saber que ahí hubo un día algo que pudo ser vida, un individuo tan distinto y puede que, al mismo tiempo, tan parecido genéticamente a una lagartija actual. Observo el huevo, le doy vueltas, me gusta habérmelo encontrado. Al llegar a casa, por la tarde, he llamado y comentado el hecho con mi hermano. Hemos hablado de la evolución, de la Historia, así, con mayúsculas; de la teoría de la tiranía de los genes, de las máquinas del tiempo... "Pues no te lo vayas a comer, tragón, que eso está ya malo seguro". Me paro, miro el huevo, oigo las risas de mi hermano y me contagio. Dinotilla.

lunes, 19 de julio de 2010

Notas de playa murcianas (por Ful)

Ayer fui de dominguero a la playa de La Llana. Han puesto una banderita azul que reza, con una seriedad pasmosa, "Playa natural". Y yo me pregunto: natural, ¿de qué? ¿Que no está manipulada por la mano del hombre? ¿Que se puede ir de manera natural? Me llama la atención porque la playa ha retrocedido sus buenos cuatro metros, metiéndose en las dunas del parque natural. Hace años que la playa hace aguas por todas partes, que la arena se sacaba de a saber dónde y que estaba comiéndose las salinas. Pero ahora ya es escandaloso: han quitado la torre de vigilancia para que no se viera que estaba casi cuatro metros ¡dentro del agua! Eso quiere decir que la playa, en total, está ocho metros más atrás de lo que estaba. Si esto no es debido a un incremento de la altura del mar (y añadamos el aumento de la temperatura del agua en esa zona, especialmente cálida), que baje el primo de Rajoy y lo vea. Menos mal que es "natural", como el yogur con bífidus, nada manipulado por la mano humana.

jueves, 15 de julio de 2010

Nota de playa: equipo de animación (por depropio)

La primera noche que pasamos en el hotel llevamos a mi hija a un karaoke infantil, organizado por el equipo de animación. Son tres chavales, uno rubio, uno moreno y una chica; visten de naranja, el color oficial del hotel, donde todo es naranja, menos el zumo.

Como mi hija tiene tres años y medio y solo sabe leer su nombre, el rubio de naranja la hace subir para que cante cualquier canción que sepa, sin mirar a la pantalla. Mi hija comienza a cantar una horrible canción infantil, pero desde mi silla percibo que el rubio de naranja, que no deja de hacer gansadas a su lado, le está cayendo fatal. Así que, a mitad de canción, suelta el micrófono y baja del escenario.

Desde esa noche se ha negado a participar en ninguna actividad organizada por «los de naranja», pero esta tarde toca pintar caras, y eso le apasiona a mi hija. Con cierta reticencia me sigue de la mano al lugar donde maquillan a los niños, el mismo escenario de la primera noche.

Se queda parada ante las escaleras del escenario y me dice: «Vale, yo subo, pero a estos de naranja que ni se les ocurra hacerme cantar o bailar».

Igualita, igualita que el padre.


CoolFul dijo:

Sara subió al escenario y, cuando el rubio de naranja se dirigió hacia ella, sacó un exprimidor de mano y un cuchillo, lo cortó por la mitad, e hizo zumo de rubio. Sabía rancio, pero estaba más naranja que el del desayuno.

sábado, 10 de julio de 2010

Notas de playa, unos días tontos de junio y julio de 2010 (y I), de Fulgen

Nota 1:

El pesquero está en la línea del horizonte. Apenas distingo el perfil, pero lo imagino un pesquero. Le digo a mi mujer, que está tumbada al lado mío dormitando, que el barco se va a caer por el horizonte, que todo el mundo sabe que la tierra es plana, no redonda. Se ríe, y me recuerda una anécdota de su juventud. Mientras, un niño que estaba amontonando piedras a mi otra vera ha salido pies en polvorosa gritando: "¡Mamá, mamá, ese señor dice que los barcos se caen por el horizonte!" El barco, sin hacernos caso, ha desaparecido y me entra la desazón. ¿Podría ser...?

Nota 2:

En el camino que lleva al paseo marítimo hay un hotel cerrado, clausurado. No sabemos por qué, ya que las ventanas y la entrada se ven nuevas. Pero hay un muro de ladrillos en cada hueco de cada balcón del primer piso, señal inequívoca de cierre definitivo y sin fecha de reapertura. En el jardín lateral los hibiscos y los cipreses campan a sus anchas, sin mucho espacio libre para el inclemente sol andaluz, sin estructura ni orden ni concierto. Entre dos hibiscos veo un objeto y le digo a mi mujer: "Mira, un cadáver de paraguas". Y ella me responde: "¿Estás tonto? Eso es un paraguas viejo, roto, sin tela..."; y yo: "Pues eso, le han sacado la piel a tiras, lo han torturado y abandonado y han dejado solo el esqueleto. Así que es un cadáver de paraguas." Me mira entre extrañada y paciente, y me da un beso en la mejilla. "Tranquilo, ya pasó todo." Seguimos nuestro paseo.

Nota 3:

Hemos ido desde la casa hasta el final del paseo marítimo. Son casi seis kilómetros en un sentido, y serán otros seis en el otro. El sol se ceba en los especialmente blancos, como yo, y convierte la tarde vacacional en suplicio. Pero como ha sido idea mía, me callo y sigo mi camino. Llegamos a la playa. Muy poca gente, muy poco limpia. Nos situamos en la orilla, entre un señor desnudo y una pareja de hombres mayores. Viene un negro. Se acerca a la pareja, les comenta algo. Mi mujer me dice que mire, y miro. El negro se ha bajado los pantalones, se ha sentado junto a ellos y les habla. A los pocos minutos, se vuelve a poner de pie, se pone los pantalones y se va. Está claro. Las técnicas de mercadotecnia son cada vez más agresivas, pero ni siquiera el que tiene un gran producto tiene el mercado asegurado con una bajada de pantalones. Tomo nota para cuando vuelva a la oficina el lunes.

Nota 4:

Llegamos el lunes por la noche, y me fui a comprar una sandía antes incluso de descargar el coche. "¿Y eso? Si luego no te la comes nunca..." A lo que pienso: "Pero un frigo en verano sin sandía no es un frigo..."





Nota 5:

Tengo que tomar más notas y, si fuera una persona constante, ordenarlas en el espacio y en el tiempo...
Qué pereza, con la que está cayendo.

Nota 6:

Hemos estado en un pueblo nuevo, con balneario. Un poco construido aquí y allí, sin mucho sentido. Hace calor como solo sabe hacer en el interior de Andalucía. Mi mujer está por ahí y aprovecho yo también para dar una vuelta. Hay mercadillo semanal: ropa de temporada, algo de comer, mucho bolso y complementos, y hay una gitana que vende ropa interior. Pero no grita. Cuando me acerco al puesto, le está comentando a una parroquiana que tiene bragas de “chocho armani”, que si las quiere ver. Ahora sí, me quedo más tranquilo. Usted ya sabe por qué.

Nota 7:

Como mi mujer tarda, me he sentado en un rincón de la plaza a leer un cuento de Diderot que se llama “Esto no es un cuento”. Pues sí que empezamos bien.

Nota 8.

Uno de los mercaderes se acerca a mí con su mercancía mientras intento descifrar el cuento de marras, así que no le hago caso. Se vuelve y le oigo comentar a la mujer que va con él: “Pué tié que sé estranjero, poique ni ma mirao ni ná…” A lo que respondo: “Yes”, y sigo con lo mío.

Nota 9:

Para ir a este pueblo hemos pasado por otro que se llama CHUCHE. Una lagrimilla profesional ha asomado por mi ojo izquierdo. Qué quiere, todo el mundo se emociona cuando hasta un pueblo reconoce la importancia de la labor que la empresa de uno hace. Me pregunto cuál será el gentilicio: ¿Nubes? ¿Regalices? ¿Los habitantes son los chuches? En esto estoy cuando mi mujer me despierta y me dice que siga concentrado en la conducción, que vienen curvas. Pues a por ellas.

Nota 10:

Anoche, en el paseo, hemos cenado en una terraza llena de extranjeros. Y oigo a la camarera comentar con su compañero: “Íhate tú, que man re’pondío en inglé y resurta de que eran alemane’”. Y yo pienso: “Claro, es el problema de los acentos, que nos juegan esas malas pasadas. Con lo fácil que es el “eppañó””.

Nota 11:

Al final, estoy tomando más notas de las que pensaba. Qué bien, cuántas cosas en tan pocos días.

Traje autónomo (Ful)

Y después de oír el veredicto dictado por el cerebro del traje, lloró. Y se dio cuenta, después del llanto, de que la escafandra se empañaba. No podía hacer nada. Ahí, colgado, tan cerca del infinito, tan lejos de su nave nodriza. Un error de cálculo básico, de primer grado de astrofísica, le había lanzado como una pelota en una superficie de aceite: sin pausa, sin prisa, su cuerpo se alejaba con parsimonia del punto de origen, X, hacia un destino ∞, sin determinar. Veía el sol cada rotación de sesenta segundos, cada vez más cercano y, aún así, a varias decenas de años luz de su traje, de su trágico final. Un fallo de cálculo, no podía sino pensar en esa absoluta tontería: un parámetro falso, un dato incorrecto, algo que no tenía explicación en un astronauta experimentado como él. El traje había corregido los cálculos por dos veces, de eso estaba convencido, ya que él mismo insistió en ese punto. Se acordó de su amiga escaladora, colgando como un pelele de aquella cuerda en el Himalaya; se acordó de su barco pirata, de cuando jugaba de niño en la alberca familiar, del águila disecada del abuelo. Y el llanto le inundó de nuevo los ojos y la memoria. Iba a morir en la nada, nunca nadie le honraría ni le recordaría porque no habría restos que honrar ni recordar. El traje le intentó confortar. Su cuerpo embutido en él disponía de oxígeno para veinticuatro horas más. Un día completo de agonía, solo sintiendo la goma sobre la piel, el frío del espacio condensándose en la visera de la escafandra. Un día sin poder hablar, sin poder compartir ilusiones ni despedirse de nadie, solo del cerebro artificial de su exoesqueleto. La muerte más terrible que jamás hubiera imaginado, para la que le prepararon en la academia, se había hecho realidad. Su mente le jugó no una sino varias malas pasadas: vio una nave que se negó a parar cuando hizo autostop; vio a su hermano, muerto hacía meses en un accidente de tráfico, en la Tierra, jugar con él en el pasillo de su casa paterna; a su perro salir a pasear junto a un meteorito. Vio a su primera novia, a la que nunca pidió perdón por no decirle lo que sentía y a su última novia, a la que no había podido conocer en persona porque no había dado tiempo después de tontear durante semanas, antes de su partida. Y a su padre, que le repetía una y otra vez lo de que no se hiciera astronauta, que no podía traerle nada bueno.

Pasaron las horas, durmió y despertó de nuevo, se sentía mareado, con hambre y sed. Recordó dónde estaba y volvió a mirar hacia el sol. El traje tenía unas horas más de autonomía, pero no quería aguantar su agonía ni alargarla más en el poco tiempo que le quedaba. Vació el aire del depósito y murió entre espasmos en unos segundos. El traje, al monitorizar las constantes vitales del inquilino estableció contacto con la nave nodriza. Pero nadie contestó. Comprendió lo que había hecho, y comenzó a sentir la soledad absoluta.

jueves, 8 de julio de 2010

TATUAJE

El día que la conocí decidí tatuarme su nombre. Fue un acto impulsado por el abrasador deseo que me inundó de inmediato. Su rostro era níveo, coronado en los pómulos por sendos rosetones juveniles que la aniñaban aún más. Sus manos, delicadas y frágiles, y su piel, de cristal. Su sonrisa pareía dibujada por el mismísimo Leonardo y su busto… su busto… Qué decir de su busto. Así que me tatué su nombre en el pecho, justo al lado de mi corazón.

Pero no le pareció suficiente.

Al caer unas pocas hojas del calendario, me clavó una pregunta en las sienes: ¿Y si ya no la quería? ¡Cómo podía decir eso! Mi luz en las tinieblas, mi amanecer pleno de rocío en la primavera de mis días, se atrevía a insinuar que podía ser que ya no besara por donde pisaba. Así que decidí tatuarme su perfil, enmarcando el nombre, y ocupaba casi la mitad de mi torso. Obligué al tatuador a repetirlo dos veces, y soporté un dolor inenarrable en los procesos de creación y borrado, para que fuera lo más fiel posible al original. Quería que comprendiera, y así lo hizo, que necesitaba ver su rostro a cualquier hora del día, en cualquier lugar y situación.

Pero consideró que no le demostraba mi amor aún.

Se fueron las noches detrás de los días y el fantasma del desamor me acechaba a la vuelta de cada esquina. No conocía ya maneras por las que demostrar mi absoluto delirio por su tez pálida, por su tesoro venusiano escondido, por sus andares felinos e inquietantes. Volví a la casa de mi psicólogo de cabecera y me recomendó que, de nuevo, martirizara mi maltrecha piel. El artista de la aguja y el autoclave, de la tinta y el algodón se frotó las manos. Me estaba convirtiendo en su mejor cliente. Me borré la imagen anterior, excepto el nombre, y le entregué una foto de cuerpo entero, semidesnuda, tumbada en la playa. Quería que me tatuara lo más grande posible el cuerpo de mi diosa, el motivo de mi religión. Le llevó cerca de un mes en sesiones continuas de tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde el recrear la piel en mi piel, la expresión de su rostro en el mío, su virginal perversidad en mi cuerpo pecador.
Pasaron sesenta días hasta que volví a escuchar vibrar su voz entre sus labios: ¿estaba convencido de que era lo máximo que podía hacer para gritar a todo el mundo que no había otra como ella?

Mi tatuador me recibió con una botella de champán y una bandeja de pasteles.

Me desnudé, le mostré mi cuerpo, que él ya conocía hasta en los pliegues más escondidos y me comentó, sin apenas darle importancia, que existía una aguja china especial, muy rara y costosa, que podría conseguir el tatuaje perfecto, el más verosímil que se pudiera dibujar sobre materia viva. Le agarré de los brazos. Le rogué que la buscara, le pagaría con mi alma y mi sangre si era necesario, y me dio cita para pasados otros dos meses.

Un año, llevaba escuchando sus cuitas sobre mi probable desamor y dejadez un año. Le pedí paciencia, tiempo, una pequeña señal de que confiaba en mí. No me la dio. Se marchó un buen día de primavera con un niño de papá barbilampiño y aseado al que le daban pánico las agujas. Me dejó solo su retrato en mi cuerpo.

Entonces recibí la llamada. Mi tatuador había encontrado la aguja y quería saber si deseaba experimentar hasta el fin. Abrumado por el hecho de ser un cuadro andante y de estar solo, le dije que sí. Fijamos cita para el día después, veinticuatro horas eternas. Me presenté, abatido, en su estudio; me desnudé, ya era rutina. Su cuerpo estaba en el mío, apenas se distinguían las formas perfiladas de las naturales y era difícil discernir cuál era el hombre y cuál la mujer. El tatuador cerró con pestillo, encendió unas velas, y pronunció unas palabras. Giró su cabeza hacia mí y formuló la pregunta de nuevo. Sí, estaba preparado. Calentó la aguja en una llama de alcohol y pinchó. Directo en la inicial de su nombre, directo al corazón. Apretó hasta llegar a la empuñadura. Sentí bajar algo caliente hacia mi interior, algo que me perforaba más allá de la carne y la sangre. Quise gritar y no pude. Giré las manos horrorizado, la tinta se estaba yendo hacia las capas más profundas de la epidermis, como si el pinchazo en la “A” primera, en el centro de mi ser, fuera un simple desagüe. La garganta se me cerró, la nariz se colapsó. Me mareé y no pude ver nada más, ni sé cuánto tiempo estuve tirado en el suelo del estudio.
Cuando me levanté, pedí un espejo al tatuador. No quiso en principio, la respiración era entrecortada y le notaba extasiado. Su rostro reflejaba la ansiedad y la locura del creador supremo ante su obra maestra. El espejo, repetí.

Y fue entonces, al ver mi reflejo, cuando una lágrima hecha del más fino cristal se resbaló por el perfil níveo con el que siempre había soñado. Mis labios carnosos enmarcaban la sonrisa imaginada por Leonardo, y mi busto… mi busto… Qué decir de mi busto…

lunes, 5 de julio de 2010

Embarazo

Hacíamos el amor cada noche, cada mañana, cada mediodía, entre el primer plato y el postre. El médico nos había dicho que la única forma que teníamos de poder quedarnos embarazados era esa: repetir con frialdad mecánica, todos los días del ciclo, los movimientos pélvicos acoplados. Mi mujer al principio no quería. No le apetecía tener un hijo ni las consecuencias del mismo: estrías, pecho caído, dolores de espalda y otras cuantos accesorios extras más. Pero yo insistía e insistía, ya que mi ilusión era descubrir el rostro de un heredero para mis genes imperfectos, mis manías y mis pájaras mentales. Así que seguíamos la rutina un día tras otro, una semana tras otra. Cumplimos un año, tres veces por día casi todos los días, daban una cifra tan escandalosa como inverosímil. Ella había comenzado a perder peso, a tener ojeras. Cada vez estaba más delgada y más pálida, no entendía muy bien el por qué. En cambio, mi barriga comenzó a engordar. Perdí el pelo del pecho, y desarrollé unas más que considerables glándulas mamarias. No podía creerlo. Mientras mi vientre comenzaba a abultarse y el ombligo a parecer una castaña, a ella se le enrarecía la voz, se le caía el pelo y el bigote se le marcaba con más exactitud. Nueve meses después, di a luz un precioso clon mío que nació por cesárea, por motivos evidentes. Ella continuó trabajando, y a mí me dieron los cuatro meses de baja por maternidad, más quince días extras de baja por paternidad. Aún recuerdo la última frase que me dijo ella antes de abandonarme: “qué no harás tú por salirte siempre con la tuya.”

sábado, 3 de julio de 2010

Notas de playa, unos días tontos de junio y julio de 2010.

Nota 12:

También estuvimos en la capital para ver cómo es, por si las moscas. Muy grande, mucho movimiento y muchos comercios y negocios. Pero el día en cuestión hacía calor. Demasiado. Tuve una migraña de las mías, con mareos y náuseas. Me metí en una taberna y pedí un agua, un vino blanco y una tapa. El camarero me miró raro, a lo que le respondí, señalándome la barriga: “Rápido, es un antojo. Si no, no sabemos qué puede pasar.” Mi mujer se rió, pero me obligó a tomarme la pastilla de la caja azul para las migrañas, y se bebió ella el vino y yo, agua. Qué pérfida. Me duró la palpitación en las sienes hasta bien entrada la noche. Y cuando salimos a cenar, ya repuesto, oigo a una mujer mayor comentar con otra que lo de hoy no ha sido normal, que ha sido una ola de calor, y comienza a maldecir a los políticos, a despotricar contra el cambio climático y le echa la culpa al Gobierno, a lo que no puedo sino responder: “Claro, es algo extrañísimo, en Andalucía y en julio que haya cuarenta grados a la sombra. Es cosa del Plan E y del ministro del interior, seguro.” Mi mujer tira de mi brazo y me dice que le gusta más cuando tengo migrañas y estoy calladito.

Nota 13:

Mal número. Siguiente.

Nota 14:

Mi mujer hace top-less siempre que puede. Lo veo bien, incluso lo veo mejor cuando me pongo las gafas. Cerca de nosotros ha llegado una chica que está realmente estupenda. Muy morena, muy uniforme el tono. Monta la sombrilla, una silleta pequeña, una esterilla que cubre con una toalla de playa, varios botes de cremas que se va a aplicar (diríase) con lubricidad y se quita un pantaloncillo, unas bragas y se queda con un tanga minúsculo. También se quita el sujetador, y veo que las tiene igual de morenas que el resto del cuerpo. Se sujeta el pelo con una goma, se pone las gafas de sol que tapan todo el rostro y se tumba en ángulo recto, con la cabeza ligeramente más alta que el resto del cuerpo, hacia el astro rey. Ni una sombra. Prodigio. “¡Bah!”, dice mi mujer. “Se ve que es una profesional de tomar el sol.” Así que aquí, también, hay categorías. Todos los días se aprende algo.


Nota 15:

En el paseo marítimo hacen trenzas caribeñas. Hay un montón de gente que hace trenzas caribeñas. Eso es por si, en realidad, quieres decir en la oficina que has ido al Caribe, pero no has podido salir de Almería. Está bien ese pequeño placebo para el ansia viajadora.

Nota 16:

Hemos empezado el paseo a las seis y media de la tarde. Allí estaban las cuatro, dejándose tejer las ideas entre hilos de colores, al estilo caribeño. Hemos vuelto a las ocho, y seguían dos de ellas esperando a que sus amigas terminaran. Bajamos a cenar a las nueve y media, y una todavía no tenía claro si la cabeza entera, o media, o de colores. “¡Joder, nenas, que vais a gastar las vacaciones en este trozo de paseo!”, le espeto a la indecisa. Mi mujer, avergonzada, mira hacia el mar y me señala dos cruceros de recreo que se adivinan en el horizonte. Me acuerdo del pobre pesquero, y vuelvo a pasarlo mal. Que no se caigan esos, que llevan mucha gente dentro.

Nota 17:

Me he leído también un recopilatorio de micro relatos que se titula “Grandes mini cuentos Fantásticos”, selección de Benito Arias Navarro… Uy, perdón, García. Benito Arias García. En qué estaría yo pensando… ¿El que más me ha gustado? Todos. Pero hay uno que se titula En una oscura cuchillería, de Saúl Yurkievich que es una obra maestra.

Nota 18:

Si llego a veinte, lo dejo, porque ha dado mucho de sí la semana, pero no tanto.

Nota 19:

Me he bañado en el mar por primera vez este verano. Y cuando he sacado la cabeza del agua y he notado la sal en mis ojos, en mis labios, ha sido como la primera vez, cuando niño. Casi he llorado y llamado a mi madre porque me sentía recién nacido. Es cursi pero sé, de una manera u otra, que venimos del mar y que el mundo terminará cuando el mar termine. Ahí queda eso.

Nota 20:

Lo dejo.

¿he llegado?

Probando, probando... si esto funciona, empiezo a poner notas.

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