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martes, 27 de julio de 2010

Notas de montaña (Ful) - Dinotilla.

Me he encontrado un huevo mientras andaba una ruta de montaña. La cosa no tendría más historia si no fuera porque es un huevo fósil, con su cáscara, con un helecho prehistórico impreso en ella, su corte transversal perfecto gracias al que se puede apreciar lo que en su día fue el embrión y un trazo de lo que parece ser otra cáscara junto a él. Me barrunto, por ello, que fuera un nido y que todo fosilizara al mismo tiempo. Impresiona saber que ahí hubo un día algo que pudo ser vida, un individuo tan distinto y puede que, al mismo tiempo, tan parecido genéticamente a una lagartija actual. Observo el huevo, le doy vueltas, me gusta habérmelo encontrado. Al llegar a casa, por la tarde, he llamado y comentado el hecho con mi hermano. Hemos hablado de la evolución, de la Historia, así, con mayúsculas; de la teoría de la tiranía de los genes, de las máquinas del tiempo... "Pues no te lo vayas a comer, tragón, que eso está ya malo seguro". Me paro, miro el huevo, oigo las risas de mi hermano y me contagio. Dinotilla.

lunes, 19 de julio de 2010

Notas de playa murcianas (por Ful)

Ayer fui de dominguero a la playa de La Llana. Han puesto una banderita azul que reza, con una seriedad pasmosa, "Playa natural". Y yo me pregunto: natural, ¿de qué? ¿Que no está manipulada por la mano del hombre? ¿Que se puede ir de manera natural? Me llama la atención porque la playa ha retrocedido sus buenos cuatro metros, metiéndose en las dunas del parque natural. Hace años que la playa hace aguas por todas partes, que la arena se sacaba de a saber dónde y que estaba comiéndose las salinas. Pero ahora ya es escandaloso: han quitado la torre de vigilancia para que no se viera que estaba casi cuatro metros ¡dentro del agua! Eso quiere decir que la playa, en total, está ocho metros más atrás de lo que estaba. Si esto no es debido a un incremento de la altura del mar (y añadamos el aumento de la temperatura del agua en esa zona, especialmente cálida), que baje el primo de Rajoy y lo vea. Menos mal que es "natural", como el yogur con bífidus, nada manipulado por la mano humana.

jueves, 15 de julio de 2010

Nota de playa: equipo de animación (por depropio)

La primera noche que pasamos en el hotel llevamos a mi hija a un karaoke infantil, organizado por el equipo de animación. Son tres chavales, uno rubio, uno moreno y una chica; visten de naranja, el color oficial del hotel, donde todo es naranja, menos el zumo.

Como mi hija tiene tres años y medio y solo sabe leer su nombre, el rubio de naranja la hace subir para que cante cualquier canción que sepa, sin mirar a la pantalla. Mi hija comienza a cantar una horrible canción infantil, pero desde mi silla percibo que el rubio de naranja, que no deja de hacer gansadas a su lado, le está cayendo fatal. Así que, a mitad de canción, suelta el micrófono y baja del escenario.

Desde esa noche se ha negado a participar en ninguna actividad organizada por «los de naranja», pero esta tarde toca pintar caras, y eso le apasiona a mi hija. Con cierta reticencia me sigue de la mano al lugar donde maquillan a los niños, el mismo escenario de la primera noche.

Se queda parada ante las escaleras del escenario y me dice: «Vale, yo subo, pero a estos de naranja que ni se les ocurra hacerme cantar o bailar».

Igualita, igualita que el padre.


CoolFul dijo:

Sara subió al escenario y, cuando el rubio de naranja se dirigió hacia ella, sacó un exprimidor de mano y un cuchillo, lo cortó por la mitad, e hizo zumo de rubio. Sabía rancio, pero estaba más naranja que el del desayuno.

sábado, 10 de julio de 2010

Notas de playa, unos días tontos de junio y julio de 2010 (y I), de Fulgen

Nota 1:

El pesquero está en la línea del horizonte. Apenas distingo el perfil, pero lo imagino un pesquero. Le digo a mi mujer, que está tumbada al lado mío dormitando, que el barco se va a caer por el horizonte, que todo el mundo sabe que la tierra es plana, no redonda. Se ríe, y me recuerda una anécdota de su juventud. Mientras, un niño que estaba amontonando piedras a mi otra vera ha salido pies en polvorosa gritando: "¡Mamá, mamá, ese señor dice que los barcos se caen por el horizonte!" El barco, sin hacernos caso, ha desaparecido y me entra la desazón. ¿Podría ser...?

Nota 2:

En el camino que lleva al paseo marítimo hay un hotel cerrado, clausurado. No sabemos por qué, ya que las ventanas y la entrada se ven nuevas. Pero hay un muro de ladrillos en cada hueco de cada balcón del primer piso, señal inequívoca de cierre definitivo y sin fecha de reapertura. En el jardín lateral los hibiscos y los cipreses campan a sus anchas, sin mucho espacio libre para el inclemente sol andaluz, sin estructura ni orden ni concierto. Entre dos hibiscos veo un objeto y le digo a mi mujer: "Mira, un cadáver de paraguas". Y ella me responde: "¿Estás tonto? Eso es un paraguas viejo, roto, sin tela..."; y yo: "Pues eso, le han sacado la piel a tiras, lo han torturado y abandonado y han dejado solo el esqueleto. Así que es un cadáver de paraguas." Me mira entre extrañada y paciente, y me da un beso en la mejilla. "Tranquilo, ya pasó todo." Seguimos nuestro paseo.

Nota 3:

Hemos ido desde la casa hasta el final del paseo marítimo. Son casi seis kilómetros en un sentido, y serán otros seis en el otro. El sol se ceba en los especialmente blancos, como yo, y convierte la tarde vacacional en suplicio. Pero como ha sido idea mía, me callo y sigo mi camino. Llegamos a la playa. Muy poca gente, muy poco limpia. Nos situamos en la orilla, entre un señor desnudo y una pareja de hombres mayores. Viene un negro. Se acerca a la pareja, les comenta algo. Mi mujer me dice que mire, y miro. El negro se ha bajado los pantalones, se ha sentado junto a ellos y les habla. A los pocos minutos, se vuelve a poner de pie, se pone los pantalones y se va. Está claro. Las técnicas de mercadotecnia son cada vez más agresivas, pero ni siquiera el que tiene un gran producto tiene el mercado asegurado con una bajada de pantalones. Tomo nota para cuando vuelva a la oficina el lunes.

Nota 4:

Llegamos el lunes por la noche, y me fui a comprar una sandía antes incluso de descargar el coche. "¿Y eso? Si luego no te la comes nunca..." A lo que pienso: "Pero un frigo en verano sin sandía no es un frigo..."





Nota 5:

Tengo que tomar más notas y, si fuera una persona constante, ordenarlas en el espacio y en el tiempo...
Qué pereza, con la que está cayendo.

Nota 6:

Hemos estado en un pueblo nuevo, con balneario. Un poco construido aquí y allí, sin mucho sentido. Hace calor como solo sabe hacer en el interior de Andalucía. Mi mujer está por ahí y aprovecho yo también para dar una vuelta. Hay mercadillo semanal: ropa de temporada, algo de comer, mucho bolso y complementos, y hay una gitana que vende ropa interior. Pero no grita. Cuando me acerco al puesto, le está comentando a una parroquiana que tiene bragas de “chocho armani”, que si las quiere ver. Ahora sí, me quedo más tranquilo. Usted ya sabe por qué.

Nota 7:

Como mi mujer tarda, me he sentado en un rincón de la plaza a leer un cuento de Diderot que se llama “Esto no es un cuento”. Pues sí que empezamos bien.

Nota 8.

Uno de los mercaderes se acerca a mí con su mercancía mientras intento descifrar el cuento de marras, así que no le hago caso. Se vuelve y le oigo comentar a la mujer que va con él: “Pué tié que sé estranjero, poique ni ma mirao ni ná…” A lo que respondo: “Yes”, y sigo con lo mío.

Nota 9:

Para ir a este pueblo hemos pasado por otro que se llama CHUCHE. Una lagrimilla profesional ha asomado por mi ojo izquierdo. Qué quiere, todo el mundo se emociona cuando hasta un pueblo reconoce la importancia de la labor que la empresa de uno hace. Me pregunto cuál será el gentilicio: ¿Nubes? ¿Regalices? ¿Los habitantes son los chuches? En esto estoy cuando mi mujer me despierta y me dice que siga concentrado en la conducción, que vienen curvas. Pues a por ellas.

Nota 10:

Anoche, en el paseo, hemos cenado en una terraza llena de extranjeros. Y oigo a la camarera comentar con su compañero: “Íhate tú, que man re’pondío en inglé y resurta de que eran alemane’”. Y yo pienso: “Claro, es el problema de los acentos, que nos juegan esas malas pasadas. Con lo fácil que es el “eppañó””.

Nota 11:

Al final, estoy tomando más notas de las que pensaba. Qué bien, cuántas cosas en tan pocos días.

Traje autónomo (Ful)

Y después de oír el veredicto dictado por el cerebro del traje, lloró. Y se dio cuenta, después del llanto, de que la escafandra se empañaba. No podía hacer nada. Ahí, colgado, tan cerca del infinito, tan lejos de su nave nodriza. Un error de cálculo básico, de primer grado de astrofísica, le había lanzado como una pelota en una superficie de aceite: sin pausa, sin prisa, su cuerpo se alejaba con parsimonia del punto de origen, X, hacia un destino ∞, sin determinar. Veía el sol cada rotación de sesenta segundos, cada vez más cercano y, aún así, a varias decenas de años luz de su traje, de su trágico final. Un fallo de cálculo, no podía sino pensar en esa absoluta tontería: un parámetro falso, un dato incorrecto, algo que no tenía explicación en un astronauta experimentado como él. El traje había corregido los cálculos por dos veces, de eso estaba convencido, ya que él mismo insistió en ese punto. Se acordó de su amiga escaladora, colgando como un pelele de aquella cuerda en el Himalaya; se acordó de su barco pirata, de cuando jugaba de niño en la alberca familiar, del águila disecada del abuelo. Y el llanto le inundó de nuevo los ojos y la memoria. Iba a morir en la nada, nunca nadie le honraría ni le recordaría porque no habría restos que honrar ni recordar. El traje le intentó confortar. Su cuerpo embutido en él disponía de oxígeno para veinticuatro horas más. Un día completo de agonía, solo sintiendo la goma sobre la piel, el frío del espacio condensándose en la visera de la escafandra. Un día sin poder hablar, sin poder compartir ilusiones ni despedirse de nadie, solo del cerebro artificial de su exoesqueleto. La muerte más terrible que jamás hubiera imaginado, para la que le prepararon en la academia, se había hecho realidad. Su mente le jugó no una sino varias malas pasadas: vio una nave que se negó a parar cuando hizo autostop; vio a su hermano, muerto hacía meses en un accidente de tráfico, en la Tierra, jugar con él en el pasillo de su casa paterna; a su perro salir a pasear junto a un meteorito. Vio a su primera novia, a la que nunca pidió perdón por no decirle lo que sentía y a su última novia, a la que no había podido conocer en persona porque no había dado tiempo después de tontear durante semanas, antes de su partida. Y a su padre, que le repetía una y otra vez lo de que no se hiciera astronauta, que no podía traerle nada bueno.

Pasaron las horas, durmió y despertó de nuevo, se sentía mareado, con hambre y sed. Recordó dónde estaba y volvió a mirar hacia el sol. El traje tenía unas horas más de autonomía, pero no quería aguantar su agonía ni alargarla más en el poco tiempo que le quedaba. Vació el aire del depósito y murió entre espasmos en unos segundos. El traje, al monitorizar las constantes vitales del inquilino estableció contacto con la nave nodriza. Pero nadie contestó. Comprendió lo que había hecho, y comenzó a sentir la soledad absoluta.

jueves, 8 de julio de 2010

TATUAJE

El día que la conocí decidí tatuarme su nombre. Fue un acto impulsado por el abrasador deseo que me inundó de inmediato. Su rostro era níveo, coronado en los pómulos por sendos rosetones juveniles que la aniñaban aún más. Sus manos, delicadas y frágiles, y su piel, de cristal. Su sonrisa pareía dibujada por el mismísimo Leonardo y su busto… su busto… Qué decir de su busto. Así que me tatué su nombre en el pecho, justo al lado de mi corazón.

Pero no le pareció suficiente.

Al caer unas pocas hojas del calendario, me clavó una pregunta en las sienes: ¿Y si ya no la quería? ¡Cómo podía decir eso! Mi luz en las tinieblas, mi amanecer pleno de rocío en la primavera de mis días, se atrevía a insinuar que podía ser que ya no besara por donde pisaba. Así que decidí tatuarme su perfil, enmarcando el nombre, y ocupaba casi la mitad de mi torso. Obligué al tatuador a repetirlo dos veces, y soporté un dolor inenarrable en los procesos de creación y borrado, para que fuera lo más fiel posible al original. Quería que comprendiera, y así lo hizo, que necesitaba ver su rostro a cualquier hora del día, en cualquier lugar y situación.

Pero consideró que no le demostraba mi amor aún.

Se fueron las noches detrás de los días y el fantasma del desamor me acechaba a la vuelta de cada esquina. No conocía ya maneras por las que demostrar mi absoluto delirio por su tez pálida, por su tesoro venusiano escondido, por sus andares felinos e inquietantes. Volví a la casa de mi psicólogo de cabecera y me recomendó que, de nuevo, martirizara mi maltrecha piel. El artista de la aguja y el autoclave, de la tinta y el algodón se frotó las manos. Me estaba convirtiendo en su mejor cliente. Me borré la imagen anterior, excepto el nombre, y le entregué una foto de cuerpo entero, semidesnuda, tumbada en la playa. Quería que me tatuara lo más grande posible el cuerpo de mi diosa, el motivo de mi religión. Le llevó cerca de un mes en sesiones continuas de tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde el recrear la piel en mi piel, la expresión de su rostro en el mío, su virginal perversidad en mi cuerpo pecador.
Pasaron sesenta días hasta que volví a escuchar vibrar su voz entre sus labios: ¿estaba convencido de que era lo máximo que podía hacer para gritar a todo el mundo que no había otra como ella?

Mi tatuador me recibió con una botella de champán y una bandeja de pasteles.

Me desnudé, le mostré mi cuerpo, que él ya conocía hasta en los pliegues más escondidos y me comentó, sin apenas darle importancia, que existía una aguja china especial, muy rara y costosa, que podría conseguir el tatuaje perfecto, el más verosímil que se pudiera dibujar sobre materia viva. Le agarré de los brazos. Le rogué que la buscara, le pagaría con mi alma y mi sangre si era necesario, y me dio cita para pasados otros dos meses.

Un año, llevaba escuchando sus cuitas sobre mi probable desamor y dejadez un año. Le pedí paciencia, tiempo, una pequeña señal de que confiaba en mí. No me la dio. Se marchó un buen día de primavera con un niño de papá barbilampiño y aseado al que le daban pánico las agujas. Me dejó solo su retrato en mi cuerpo.

Entonces recibí la llamada. Mi tatuador había encontrado la aguja y quería saber si deseaba experimentar hasta el fin. Abrumado por el hecho de ser un cuadro andante y de estar solo, le dije que sí. Fijamos cita para el día después, veinticuatro horas eternas. Me presenté, abatido, en su estudio; me desnudé, ya era rutina. Su cuerpo estaba en el mío, apenas se distinguían las formas perfiladas de las naturales y era difícil discernir cuál era el hombre y cuál la mujer. El tatuador cerró con pestillo, encendió unas velas, y pronunció unas palabras. Giró su cabeza hacia mí y formuló la pregunta de nuevo. Sí, estaba preparado. Calentó la aguja en una llama de alcohol y pinchó. Directo en la inicial de su nombre, directo al corazón. Apretó hasta llegar a la empuñadura. Sentí bajar algo caliente hacia mi interior, algo que me perforaba más allá de la carne y la sangre. Quise gritar y no pude. Giré las manos horrorizado, la tinta se estaba yendo hacia las capas más profundas de la epidermis, como si el pinchazo en la “A” primera, en el centro de mi ser, fuera un simple desagüe. La garganta se me cerró, la nariz se colapsó. Me mareé y no pude ver nada más, ni sé cuánto tiempo estuve tirado en el suelo del estudio.
Cuando me levanté, pedí un espejo al tatuador. No quiso en principio, la respiración era entrecortada y le notaba extasiado. Su rostro reflejaba la ansiedad y la locura del creador supremo ante su obra maestra. El espejo, repetí.

Y fue entonces, al ver mi reflejo, cuando una lágrima hecha del más fino cristal se resbaló por el perfil níveo con el que siempre había soñado. Mis labios carnosos enmarcaban la sonrisa imaginada por Leonardo, y mi busto… mi busto… Qué decir de mi busto…

lunes, 5 de julio de 2010

Embarazo

Hacíamos el amor cada noche, cada mañana, cada mediodía, entre el primer plato y el postre. El médico nos había dicho que la única forma que teníamos de poder quedarnos embarazados era esa: repetir con frialdad mecánica, todos los días del ciclo, los movimientos pélvicos acoplados. Mi mujer al principio no quería. No le apetecía tener un hijo ni las consecuencias del mismo: estrías, pecho caído, dolores de espalda y otras cuantos accesorios extras más. Pero yo insistía e insistía, ya que mi ilusión era descubrir el rostro de un heredero para mis genes imperfectos, mis manías y mis pájaras mentales. Así que seguíamos la rutina un día tras otro, una semana tras otra. Cumplimos un año, tres veces por día casi todos los días, daban una cifra tan escandalosa como inverosímil. Ella había comenzado a perder peso, a tener ojeras. Cada vez estaba más delgada y más pálida, no entendía muy bien el por qué. En cambio, mi barriga comenzó a engordar. Perdí el pelo del pecho, y desarrollé unas más que considerables glándulas mamarias. No podía creerlo. Mientras mi vientre comenzaba a abultarse y el ombligo a parecer una castaña, a ella se le enrarecía la voz, se le caía el pelo y el bigote se le marcaba con más exactitud. Nueve meses después, di a luz un precioso clon mío que nació por cesárea, por motivos evidentes. Ella continuó trabajando, y a mí me dieron los cuatro meses de baja por maternidad, más quince días extras de baja por paternidad. Aún recuerdo la última frase que me dijo ella antes de abandonarme: “qué no harás tú por salirte siempre con la tuya.”

sábado, 3 de julio de 2010

Notas de playa, unos días tontos de junio y julio de 2010.

Nota 12:

También estuvimos en la capital para ver cómo es, por si las moscas. Muy grande, mucho movimiento y muchos comercios y negocios. Pero el día en cuestión hacía calor. Demasiado. Tuve una migraña de las mías, con mareos y náuseas. Me metí en una taberna y pedí un agua, un vino blanco y una tapa. El camarero me miró raro, a lo que le respondí, señalándome la barriga: “Rápido, es un antojo. Si no, no sabemos qué puede pasar.” Mi mujer se rió, pero me obligó a tomarme la pastilla de la caja azul para las migrañas, y se bebió ella el vino y yo, agua. Qué pérfida. Me duró la palpitación en las sienes hasta bien entrada la noche. Y cuando salimos a cenar, ya repuesto, oigo a una mujer mayor comentar con otra que lo de hoy no ha sido normal, que ha sido una ola de calor, y comienza a maldecir a los políticos, a despotricar contra el cambio climático y le echa la culpa al Gobierno, a lo que no puedo sino responder: “Claro, es algo extrañísimo, en Andalucía y en julio que haya cuarenta grados a la sombra. Es cosa del Plan E y del ministro del interior, seguro.” Mi mujer tira de mi brazo y me dice que le gusta más cuando tengo migrañas y estoy calladito.

Nota 13:

Mal número. Siguiente.

Nota 14:

Mi mujer hace top-less siempre que puede. Lo veo bien, incluso lo veo mejor cuando me pongo las gafas. Cerca de nosotros ha llegado una chica que está realmente estupenda. Muy morena, muy uniforme el tono. Monta la sombrilla, una silleta pequeña, una esterilla que cubre con una toalla de playa, varios botes de cremas que se va a aplicar (diríase) con lubricidad y se quita un pantaloncillo, unas bragas y se queda con un tanga minúsculo. También se quita el sujetador, y veo que las tiene igual de morenas que el resto del cuerpo. Se sujeta el pelo con una goma, se pone las gafas de sol que tapan todo el rostro y se tumba en ángulo recto, con la cabeza ligeramente más alta que el resto del cuerpo, hacia el astro rey. Ni una sombra. Prodigio. “¡Bah!”, dice mi mujer. “Se ve que es una profesional de tomar el sol.” Así que aquí, también, hay categorías. Todos los días se aprende algo.


Nota 15:

En el paseo marítimo hacen trenzas caribeñas. Hay un montón de gente que hace trenzas caribeñas. Eso es por si, en realidad, quieres decir en la oficina que has ido al Caribe, pero no has podido salir de Almería. Está bien ese pequeño placebo para el ansia viajadora.

Nota 16:

Hemos empezado el paseo a las seis y media de la tarde. Allí estaban las cuatro, dejándose tejer las ideas entre hilos de colores, al estilo caribeño. Hemos vuelto a las ocho, y seguían dos de ellas esperando a que sus amigas terminaran. Bajamos a cenar a las nueve y media, y una todavía no tenía claro si la cabeza entera, o media, o de colores. “¡Joder, nenas, que vais a gastar las vacaciones en este trozo de paseo!”, le espeto a la indecisa. Mi mujer, avergonzada, mira hacia el mar y me señala dos cruceros de recreo que se adivinan en el horizonte. Me acuerdo del pobre pesquero, y vuelvo a pasarlo mal. Que no se caigan esos, que llevan mucha gente dentro.

Nota 17:

Me he leído también un recopilatorio de micro relatos que se titula “Grandes mini cuentos Fantásticos”, selección de Benito Arias Navarro… Uy, perdón, García. Benito Arias García. En qué estaría yo pensando… ¿El que más me ha gustado? Todos. Pero hay uno que se titula En una oscura cuchillería, de Saúl Yurkievich que es una obra maestra.

Nota 18:

Si llego a veinte, lo dejo, porque ha dado mucho de sí la semana, pero no tanto.

Nota 19:

Me he bañado en el mar por primera vez este verano. Y cuando he sacado la cabeza del agua y he notado la sal en mis ojos, en mis labios, ha sido como la primera vez, cuando niño. Casi he llorado y llamado a mi madre porque me sentía recién nacido. Es cursi pero sé, de una manera u otra, que venimos del mar y que el mundo terminará cuando el mar termine. Ahí queda eso.

Nota 20:

Lo dejo.

¿he llegado?

Probando, probando... si esto funciona, empiezo a poner notas.

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