Visitas desde la apertura

domingo, 25 de diciembre de 2011

En estos días

Llevo varios días dándole vueltas a la preocupación más importante de estas fechas: la felicitación navideña. Mi tradición personal siempre había sido estudiar con detenimiento a mis amigos y familiares y comenzar, desde principios de octubre, a buscar las tarjetas más apropiadas para cada uno: artesanas, étnicas, tradicionales, en papel reciclado… Y así conseguía, el futuro extinto puente de Todos los Santos, comenzar a escribir tarjetas personalizadas. Un micro relato para cada persona, centrado en nuestra relación, en los secretos compartidos de cada uno. No había dos iguales. Eso fue durante años. Por diversos motivos, sobre todo la falta de tiempo o la mala organización del mismo, llevo varios años que no, que no salen tarjetas de casa hacia ninguna parte. Y sí he recibido este año algunas que me han emocionado especialmente y me he dicho a mí mismo (que soy la persona con la que más hablo, pero también con la que más callo): si todos te desean paz, felicidad, salud, prosperidad e, incluso algún aventurado, suerte, ¿qué haces que no les deseas tú también algo, aunque sea bueno? Y me he puesto a pensar en ello. Llevo dos noches (tampoco enteras) con el pensamiento en la cabeza. ¿Qué puedo desear a mi mujer, a mis padres, a mis hermanos, a alguna persona querida incluso (gracias, Tip, por esa frase magistral pero no real en mi caso)? ¿Y a mis amigos? Entonces se me plantea una curiosa dicotomía: tengo amigos a los que no veo nunca, con los que no he hablado desde hace años pero que si nos encontramos por la calle, nos llaman la atención por efusiones no propias de nuestra edad ni condición. Y tengo amigos que han surgido de un par de años hacia acá que se han convertido en necesarios, en reales, en apoyo en los muy malos momentos y en recompensa en los escasos buenos. Entonces, ¿qué puedo desearles de verdad, sin falsas estampas navideñas y con el corazón – que es un órgano, no el centro de las emociones pero que, merced a la poesía y las películas de Antena 3, lo consideramos el generador de las mismas? Pues lo que no tengo pero quiero: TIEMPO. Quiero tener tiempo para contemplar una espectacular puesta de sol en el Atlántico y compartirla, o un amanecer en el Mediterráneo. O un paseo en un soleado día de fin de otoño en el páramo castellano. Un paseo por la ciudad que me lleve al cielo, o por la capital de provincias que me vio nacer con la persona que me da todo y perdona todo, y a la que cada día intento dar todo (Delia, sí, va por ti). O una visita en primavera a casa. Tiempo. Os deseo, de todo corazón, que tengáis todo el tiempo del mundo para apreciar los pequeños detalles de la vida, y que podamos sentirla pasar juntos. En esta Saturnalia (que se ha felicitado, entre otros, gracias al Doctor Sheldon Cooper), o en esta Navidad, o en este lo que sea, quiero que mi deseo se cumpla, quiero ayudaros y que me ayudéis a cumplirlo:

Feliz Tiempo Pasado y Próspero Tiempo por venir.
Y, como solía decir, cuidaos, que os cuiden.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Vocación

El chasquido del hueso al romperse bajo el hachazo le tranquilizaba. Con mecánica frialdad se dedicaba a descuartizar el cadáver mientras pensaba en su infancia y adolescencia. No tenía recuerdos agradables, solo cuerpos mutilados aquí y allá, costras rojas en su ropa y un hilo bermejo continuo en el suelo. Eso había sido su vida. Habría querido darle otro sentido, otro enfoque, pero no pudo. Su vocación quedó atrapada en su oficio.
Dejó caer de nuevo el hacha y llegó hasta la madera. Tuvo que forzar un poco más su musculosa derecha para recuperar el acero. Con los trozos de carne en la mano, se dirigió al mostrador y los enseñó a la clienta. “¿Así, doña Paquita?” “Sí, nene, ahora sí; el cordero troceado para las brasas, que este domingo viene mi hijo a casa.” Se volvió sobre sus enormes pies y pensó, de nuevo, en esa clienta y en los miles de clientas que tantas veces le habían amargado la existencia con sus manías y requerimientos. Visualizó la cara de doña Paquita en la del cordero y volvió a dejar caer, con precisión de cirujano, la herramienta. Se lamentó para sí una vez más de no ser lo suficientemente valiente como para dedicarse a su vocación primigenia, y siguió preparando el pedido.

domingo, 27 de noviembre de 2011

EL calor dilata los cuerpos

Esa mañana hacía muchísimo calor, así que decidí darme un baño en el agua helada de aquel río para reducir mi temperatura. Al tumbarme húmedo en la hierba me noté un poco más grande y caliente que antes de remojarme. La toalla no tapaba la vergüenza mínima, las manos crecían, los pies se convertían en basamentos de hercúleas columnas. El asfixiante calor me estaba convirtiendo en una masa amorfa. Cada vez más grande, más alto, más lejos. Sentía algo extraño, un ligero picor primero, una tensión extraordinaria después. Las fibras de mi cuerpo se separaban velozmente y, a mayor distancia entre átomos, mayor velocidad de escape. Hasta que reventé. Un big bang de andar por casa expulsó fuera de mi órbita todas mis partículas elementales. Y fui consciente del destino de cada una de ellas, de la interacción con las otras fuerzas y partículas. Y en mi constante expansión en las cuatro dimensiones pude rememorar, en todos y cada uno de mis infinitos "yos", mi infancia, juventud y madurez, hasta llegar al punto de no retorno que fue ese verano de dos mil diez después de un baño en el río, en Garoña.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Perra vida

“¡Horror! ¿Son ya las siete? Otra vez no, por favor. Hace frío, y llueve, y está oscuro… Míralo, por ahí viene, con la correa, feliz porque sabe que vamos a pasear. Pero no es así. Él paseará. Él hará lo de siempre, retozará aquí y allí, se parará en escaparates y esquinas, saludará a todos sus amigos y luego me tendrá diez o quince minutos, de pie, junto al árbol del paseo marítimo. Ojala se olvide de mí hoy. Ojala no piense en salir hoy. Pero no, míralo, ahí está. Se pone el abrigo, mete el paquete de tabaco en el bolsillo, la cartera y ya está aquí. Me pone la correa al cuello y me obliga a salir a la calle. ¿Por qué no podrá tomarse el café y leer el periódico, tranquilo, seco, caliente, en casa? Qué vida más perra.”

sábado, 12 de noviembre de 2011

Elecciones

El azufre quemó las gargantas de los isleños y mató los peces. La isla comenzó a desalojarse. Los vecinos rumiaban aún las palabras dichas por el alcalde, días atrás, cuando les aseguraba que no había peligro alguno. Ahora lo perdían todo.
El volcán submarino creció hasta amanecer por encima del agua. Una nueva lengua de piedra y tierra se desperezó en el horizonte. El alcalde al ver el fenómeno alzó la voz y, eufórico en el éxodo, tomó el megáfono.
“¡Convecinos, he ahí la solución a nuestros problemas! ¡Nuestra salida de la crisis ha surgido del fondo del mar!” Nadie entendía de qué demonios hablaba: la pesca se había muerto, el turismo hacía semanas que había huido y se había evacuado toda población en cien kilómetros a la redonda por el peligro. “¿Es que no lo veis?”, repitió el político. “¡Volvamos y recalifiquemos toda la nueva superficie de inmediato; generemos nuevas tierras para edificar más y mejores hoteles, casinos, resorts, ciudades de vacaciones! ¡Sí, amigos, sí: salgamos de la crisis como solo sabemos salir los políticos, como hemos hecho otras veces: mirando hacia adelante con ilusión y coraje y con el esfuerzo de todos…!”

Una piedra aterrizó en su cabeza de un golpe seco y se la abrió. La gente, enloquecida, prorrumpió en aplausos y vítores para el lanzador.

lunes, 24 de octubre de 2011

Sucursal 321

“… ¡Carga policial! ¡Los antidisturbios contra los manifestantes! ¡Sin miramientos! ¡Gas lacrimógeno! La puerta de la sucursal bancaria, con todos esos manifestantes encadenados, se ha convertido en un campo de batalla. Esta gente, que nos arrancó de la cama esta mañana pidiendo justicia social y económica, que quería cerrar sus cuentas en esta sucursal 321 del principal banco del país; estas gentes, decimos, que pedían la condonación de las hipotecas por dación y el reparto solidario de los beneficios bancarios para pagar los rescates estatales, están siendo aporreadas… ¡por alterar el orden público! ¡Aún no sabemos cómo se organizó la concentración y menos aún quién ha llamado a la policía para denunciar… Alteración del orden público! ¡Y ahora detenciones! Las puertas de la sucursal permanecen cerradas y, desde dentro, el personal bancario observa impasible la escena. Dios mío, qué horror. Amas de casa, jubilados, autónomos… todos detenidos…”

Mientras el locutor narraba la escena, uno de los jóvenes empleados del banco, un cajero, miraba su teléfono. En la pantalla, el 091 permaneció unos segundos; él acariciaba la foto de una niña. Protegerla y guardarla. Cuando su mujer murió, meses atrás, se prometió que nadie le arrebataría el mísero sueldo que mantenía a su pequeña hija.

sábado, 22 de octubre de 2011

Telerrealidad.

“¡Buenos días, me llamo J.G., soy inmensamente rico y tengo un tumor maligno en el cerebro! Los oncólogos no me dan más de seis meses de vida: es inextirpable y la metástasis es tan global ya que… Así que quiero quemar las semanas finales que me esperan cambiando la vida de alguien más. No quiero un vulgar “THE END” en fondo negro. ¡Deseo algo más! No tengo pareja pero sí familia y amigos y ya me he despedido de ellos al uso. Pero para mí quiero una fiesta especial, algo más grande, lo más espectacular que se pueda pagar, y lo planteo hoy, aquí, a ti. Busco una persona que me acompañe, desde el próximo martes hasta el momento de mi último suspiro… ¡En una loca vuelta al mundo de juergas sin parar, sin reparar en gastos! Y con un fabuloso premio por haberme acompañado: ¡ser mi heredero universal! ¡Más de cien millones te esperan! Solo habrá una única condición, mi última voluntad: Para acceder al dinero, en el lugar en el que yo perezca, ¡tú te suicidarás en directo y para todo el mundo! ¡Y nuestro equipo de seguimiento se encargará de incinerarte conmigo! Todo el premio, esos más de cien millones, será para tu familia. ¡Serán inmensamente ricos! ¿Quieres salir de la crisis? ¿Piensas que tú eres la persona que más lo merece? ¡Pues participa en este nuevo show! ¡Llama ahora al…!”

“Verdaderamente” - pensé mientras pulsaba el botón verde del mando a distancia - “los directivos de esta cadena basura han llegado a la última frontera.” Miré de nuevo la pantalla apagada y repetí, inconsciente, el número. Dudé, pero cogí el teléfono… Cinco, cinco, cinco…

miércoles, 19 de octubre de 2011

He visto un sueño.


He colgado el teléfono en la oficina justo cuando me has dicho que estabas a punto de vestirte, justo cuando te he pillado recién salida de la ducha. Que tienes prisa por salir, que has quedado. Te he sentido fresca, perfumada; te he imaginado con la bata. Mejor; solo con la braguitas y la bata. He sentido cómo buscabas el sujetador a juego por entre los cajones de la cómoda, cómo buscabas las medias, la falda, la blusa. He creído ver cómo ponías todas las prendas en la cama para ver si te gustaban o no y mientras seguías de pie, desnuda, solo con tus braguitas negras bajo tu bata. Te has mirado en el espejo, te has reído de ti y has marcado posturitas. Sé que te has levantado de buen humor porque he hablado contigo. Y si estabas de buen humor, te has levantado con música; y con música puede que sí, que hayas subido un poco el volumen y que hayas empezado a tararear la melodía, a cimbrearte mecida por su seda. Puede que miraras la ropa que has puesto sobre la cama, y que volvieras al vestidor. Un par de perchas de blusas más con más escote, blancas, y de nuevo los zapatos.

Y me he imaginado, en mi soledad de la oficina, cómo empezabas a vestirte al ritmo de Cassie con mucha sensualidad y picardía mientras jugabas con la ropa, con la música...

Y he pensado que yo también quiero jugar.

Así que he cerrado los ojos y ahora creo verte, escondido en la penumbra sentado en el descalzador del fondo de la habitación. Oigo cómo piensas en el día soleado que hace, a pesar del invierno, y decides lucir las piernas con una falda. Buscas en el vestidor, bajo mi atenta y fantasmagórica mirada, y sacas unas cuantas. Te abres la bata, te bamboleas desnuda y decides ponerte las medias; te sientas en la cama y metes primero el pie derecho, manías tuyas. Y subes la pierna como en un cabaret y dejas que se deslice la seda por tu pierna extendida y perfecta. Luego la otra, y al sentir cómo ocultas tus extremidades a los ojos de los demás te provocas una ligera sonrisa de satisfacción. Y a mí. Te pones de pie, te das la vuelta y te miras en el espejo de espaldas, subes el culo como si llevaras ya los tacones puestos y te apoyas la mano en la cadera. Te gustas. Subes las manos y te acaricias los pechos, marcas los pezones con tus índices, miras tu reflejo y vas a buscar el sujetador.

Negro, de seda. Si sabes que prefiero la blonda, y piensas en gustarme cuando llegue a casa, no sé por qué te lo pones de seda.

Sientes la música dentro de ti cadenciosa, suave; sientes cómo te agarra de la cintura, de las caderas y te lleva de un lado a otro de la habitación. Te abrazas, embriagada por el placer de la libertad, de saberte sola en casa. Sientes tus pechos de nuevo, piel contra piel, entre tus brazos, mezclados con la bata, buscas el sujetador, no las quieres encerrar todavía. Pero no llegas a tiempo. Dejas caer la bata que cubría tus hombros al suelo, la dejas resbalar por tu piel morena aceitada y bailas ahora con el sujetador entre tus brazos, con la tela rozando la delicada piel del pecho te erizas te miras en el espejo: los ojos entreabiertos, la boca sensual y roja, los pezones erectos. Y sabes que te tienes que ir, así que te lo pones, pero dejas que un mechón de pelo caiga por encima de tu ojo derecho. Ajustas a tu pecho la prenda de nombre opresor, te llevas los brazos hacia atrás para fijar el cierre y al volverlos hacia adelante te mandas un beso a través del espejo.

Entonces vuelves hacia la cama y te surge una duda: querías falda pero, ¿pantalón o falda? ¿Blusa o jersey? Pantalón y jersey, decides.
Y apruebo la decisión desde mi invisibilidad.
Pantalón negro, jersey negro, sin mangas, de cuello vuelto de tejido elástico ajustable.
El pantalón también es un poco ajustado, de pitillo. Te tumbas boca arriba en la cama y te quitas las medias con la sensualidad de la música. Y cuando te las has quitado, solo cubierta por tus braguitas y tu sujetador, vas a por el pantalón. Y metes primero una pierna, luego la otra. Te recreas en el roce de la tela sobre tu piel, en el susurro suave silencioso de la tela sobre tu piel e imaginas qué pasaría si fuera al revés; pienso en quién te lo quitaría y qué diría la tela al desprenderse de ti. Y sufro.
Te provoca una sonrisa de felicidad extrema. Quieres jugar pero recuerdas que el tiempo pasa.
Sigues el proceso de cubrir tu cuerpo hacia arriba.
Cuando llegas a tu cintura, tus manos rozan con levedad tus braguitas, y sientes que aún conservas el fresco y limpio aroma del gel de ducha y te sientes tentada de hacer algo más que rozarlas... Pero te siguen esperando, así que no haces más que buscar la cremallera, y subirla y cerrar el botón: te desperezas sobre el edredón y te ríes y te levantas.
El jersey. De licra, ajustado como manos de tu amante, que te recorre el tronco en busca de tus rincones. Metes la cabeza como quien entra en un sueño y sueñas despierta con esas manos fuertes y viriles que te hacen suspirar; la tela baja por tu cabeza y acaricia tu pelo, aprieta tu nuca sellando tu boca como él hace cada vez que te besa, y cuando llega al cuello y tienes que extender los brazos, le sientes en tus hombros y solo puedes pensar en sus caricias. En las de él, y no en las mías. Porque sé cuál es tu prisa esta mañana.
Y te estás vistiendo para que te desvista.
Bajas el resto del jersey hasta la cintura - otra vez la cintura otra vez la cintura - , y piensas en por qué tienes que atar el deseo con un simple botón. Los brazos están detenidos justo en tu cintura. Dejas caer el jersey hasta tus caderas, sueltas los brazos. Tus manos están temblando: por un lado, sientes que quieres sentir; por otro, urge la salida que tampoco te dejará indiferente.
Te das la vuelta y te miras en el espejo: una silueta negra, cimbreante, se refleja en él. Tus ojos brillan.
Tu boca respira agitada y sabes que no hay tiempo.
Hundes tus manos en los bolsillos del pantalón, te acaricias los muslos. Buscas con la mirada los zapatos, de tacón.
Sacas las manos de los bolsillos, coges los zapatos y te los calzas y te vuelves a mirar.
Sexy como ninguna. Te pintas los labios de rojo, te vuelves a mandar un beso y sales de la habitación.

Y hay una sombra en el silloncito de atrás que mira una y otra vez el espectáculo inverosímil de tu excitación sexual durante el arreglo matutino.

Al salir de la habitación queda mi mente sola, quedo en la ensoñación de que he visto un sueño.

viernes, 14 de octubre de 2011

Recuerdo

Las hojas secas rompen el silencio bajo el peso de mi alma. Camino despacio y oigo cómo crecen las setas, cómo cae la niebla sobre mi abatimiento. Miro a derecha e izquierda y solo puedo ver letras y números sin sentido para mí. La acerada mañana se me clava en las entrañas y me deja sin aliento. Al fondo, bajo una cruz en apariencia igual a las demás, hay un manojo de flores. No es un ramo. Están arrancadas, sus raíces boquean aún. Una pequeña nota violeta colorea mis pupilas. Giro mi cuerpo hacia ese minúsculo oasis de color y leo mi nombre. Creo que sonrío. Ella se abraza a su cuerpo y deja caer una lágrima sobre la piedra. Mi piedra. Como cada año, rozo su pelo y un lejano recuerdo del olor a vida que desprendía inunda mi ser. Se aleja, triste, mientras yo quedo atrapado de nuevo en el bucle sin fin de mi purgatorio.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Experiencia religiosa

Como sé que os gusta conocer mis malajes, os reedito la vieja nota del asma de nuevo, aquella que quedó en el limbo del FB. Que lo disfrutéis, aun a pesar de tener ya sus buenos cuatro meses.

"Hace unas semanas tuve un ataque de asma. Es lo que te suele pasar cuando eres asmático y vives en una zona semidesértica como Murcia, porque yo soy murciano, y feliz de serlo. Pues me dio un ataque. Empiezas a no respirar, notas cómo se te inflaman los bronquios, cómo se cierran las vías respiratorias... y sabes que tienes que hacer algo. Y no sabes qué porque el respirar, en principio, está sobrevalorado. Y coges un inhalador de corticoides, y te chutas. Cuando notas que al octavo (¡octavo!) chute tu cuerpo no reacciona y sigue empeñado en no respirar - manías del cuerpo de uno- es cuando comienzas a preocuparte, cuando comienzas a sentir que las piernas flojean y las manos tienen vida propia. Cuando ves que tus compañeros en la oficina pasan de reír lo que parece una gracia por verte rojo-rojo a mirarte con cara de ascopena. "Pobre", dicen, "con lo majo que era, y aquí, muriéndose en directo". Cabrones.

Entonces uno de ellos piensa de manera rauda: si se muere aquí, igual hoy salimos tarde, porque es un follón que no veas: llamar al juez, al servicio de urgencias, a la policía, levantar el cadáver - con lo que pesa-, avisar a la familia... y este uno decide arriesgarse a llevarte al Centro de Salud del pueblo donde está tu centro de trabajo.

¿Nunca os habéis puesto enfermos en otra Comunidad Autónoma que no sea la vuestra? Pues no lo hagáis sin la supervisión de un adulto...

Consigo conducir hasta el centro de salud del pueblo donde se ubica la fábrica y, una vez allí, una señorita muy engalanada no me atiende.Y no me atiende, ¿por qué? Pues la señorita engalanada se fue del mostrador de urgencias porque debían atender a algún no residente de habla no castellana - pero sí inglesa, buena pista- en un acceso de "no vida" más urgente que el mío. Así que me deja con la administrativa de turno de tarde. Y me pide mi targetta de la seguridá sosial y le doy la mía. Con su grana y sus coronas y sus castillos. Y resulta que soy de Murcia, a lo que respondo con una sorpresa evidente: "¿eso es malo?". Y yo con aquellos pelos... Pues sí, es una costumbre que tenemos los murcianos, nacer en Murcia. "Pues..:", me dice taciturna y funcionarialmente, " no te puedo dar cita sin un numero SIP de la Comunidad Valenciana". Señora, que me ahogo, que me estoy poniendo rojo de ira y verde de indignación. Si llego al amarillo, tengo el semáforo completo - pienso en buena lógica murciana. Pijo. Así que la ímproba servidora pública comienza el registro, ajena a mis tornasolados aspavientos. "¿Es usted español?" Empezamos bien. Lo malo es que la inflamación me impide articular tacos como me gustaría, que si no se iba a enterar si soy o no soy indígena de aquí. Nombre, apellidos, uy, este nombre no me cabe aquí, cuál es el nombre corto, motivo de su visita a este centro... Motivo de su visita a este centro. Tócate los cojones, mariloli. "Pues mira" - tentado estoy de espetarle- "que tengo por costumbre conocer los centros de urgencias para ver en cuál el oxígeno es de mayor calidad... no te... Señora, que no puedo respirar". Soy asmático, tengo un ataque como no hay dos, he tomado casi 1 gramo de corticoides y, antes de morir, me gustaría cagarme en sus muertos... en valenciá, si es menester. "Chico", me responde, "respira despacio, que te vas a ahogar". Se me salen los ojos de las órbitas, las uñas arañan el mostrador y la ira comienza a ser desesperación. Mi reino por un pulmón sano o, en su defecto, por una catana...

Cuarenta minutos hasta que consigue hacerme la tarjeta "provisional, eso sí" de "desplazado" para que pueda usar los servicios del ambulatorio crevillentí. Cuarenta minutos. Y se queda el DNI porque los datos no cuadran o no sé qué hostias. Y entonces, muy contenta con su proeza de haberme fichado para el servicio valenciano de salud, y yo ya casi de rodillas cayendo por el mostrador, me dice: "Sube la escalera, primera planta, consulta 5". ¿Sube la escalera? Creo que no entiende lo de no poder respirar. Pero, sangre, sudor y hierro, el murciano cabalga. Que si hay que conquistar, se conquista.
Tres minutos en subir la jodida escalera, tres. Y una vez arriba, temblándome las piernas, las manos, hiperventilando... la médico me hace pasar y me suelta un "Cariño, ¿qué te pasa? Anda y que no sois exagerados los hombres!! Como tuviérais que parir!!"... ¿¿¿¿Cariño???? ¿Pero cuándo hemos follao tú y yo? Y sobre todo, ¿¿¿por qué habría de haberlo hecho, vieja bruja??? ¿¿¿Exagerado??? Como me diga que respirar está sobrevalorado pido la catana que me he dejado en el mostrador y empiezo y sigo y mato y me cuento veinte.

Me mide la saturación de oxígeno en sangre, me dice que lo único que tengo es ansiedad por haber tenido el ataque de asma, me da una receta de Ventolín y me despide con un "adiós, chiquillo" que suena a recochineo. Total, que una hora y media después de un ataque de asma que casi me deja en el sitio, concluyo que soy un desplazado exagerado cariñosísimo y chiquillo. Y murciano. Vamos, con acento del sur.

Así que la próxima vez que tenga un ataque de asma o de alergia o de caspa, pediré que se me traslade a mi reino de taifa, a la mimurcia, que en su campo labrado de nobles ladrillos, yo, es donde quiero que me maltrate la seguridad social, ya que por lo menos, no necesitaré tarjetjitas ni gilipolleces y podré cagarme en lo más sagrao en mi llengua y naide me vá icí denguna tontuna. ¡Pijo!"

sábado, 24 de septiembre de 2011

De gatos y demás otoños.

Terminaba el verano con la melodía repetida una y mil veces, la del dúo aquel que maullaba su triste canción mientras nuestros amigos catódicos se asomaban con timidez a las esquinas del pueblo que nunca más volvió a ser él mismo. Y creía y crecía el infeliz telespectador con el convencimiento de que todos sus estíos serían así, una eterna adolescencia en la que poder jugar, amar, reír y desamar de manera cíclica e inconstante. Cuán equivocado estaba. La vida se parece más a una copla desgarrada que a una canción pop ñoña, al zarpazo de un gato que a su ronroneo interesado, aprendió después.
Ese verano también llegó y se le terminó con la partida de muchas personas, pero con una pequeña certeza en su mente: en el fondo, cualquier despedida no es sino dejar un hueco para una nueva bienvenida. Aunque sea el otoño al que hay que recibir.

jueves, 11 de agosto de 2011

Hastío.

Hastío del estío.
Aburrimiento.
Cansancio.
De los cambios.
De la operación biquini.
De la operación salida.
De cualquier operación.
De los cuerpos desnudos al sol.
Del olor de la crema para después del bronceado suspendido en el aire de todos los restaurantes con el del aceite requemado de las frituras.
De los cambios.
De que haga falta que todo permanezca para que todo cambie.
De las certezas.
De los refranes.
Hastío de mí.
Hastío del estío.

viernes, 8 de julio de 2011

Ranas (Fer, esta vez, la culpa es tuya...)

Cuando éramos críos cultivábamos ranas en las acequias y los brazales y la balsa del campo. Las plantábamos, renacuajas ellas, con mimo y esmero. Les cazábamos moscas y
libélulas para que se alimentaran y crecieran grandes y verdes. Y cuando perdían la cola y su semblante pasaba a ser serio y adusto, las metíamos en bolsas de plástico y las abandonábamos en medio de los soleados bancales para que no molestaran nuestro ligero sueño de verano.

Cuando éramos críos.

miércoles, 8 de junio de 2011

Carnaval (b.s.o. Kylie Minogue- "In your eyes")


Está en tus ojos.

Eso es lo que me dijeron que buscara cuando les telefoneé, tus ojos. Que estaría en tus ojos, que sabría reconocerte. La agencia de contactos solo me facilitó una detalladísima descripción de tu físico, de tu silueta muy femenina, pero no una foto. Y también los colores con los que vestirías esa noche. Pero no una foto, no era su estilo. Solo palabras y un juego para encontrarte. El escenario, Venecia. El entorno, el Carnaval. El juego, las máscaras. Los actores, una pareja desconocida. Uno de ellos yo; la otra, tú.
Puedo decir lo que estás pensando.
Cogí el avión con destino Venecia. Había leído en la ficha del nuevo chico que me habían enviado (ya he perdido la cuenta) que su complexión era normal, nada del otro jueves, pero describía su mente como muy vivaz y rápida. Y también sus ojos, con un extraño color parecido a la miel o al aceite destilado. Estaba deseando llegar al aeropuerto de destino y al hotel. Y buscar el disfraz reservado y vestir la máscara. Y buscar los colores determinados. Mi corazón palpitaba; demasiadas veces roto por los hombres, no quería darle más esperanzas inútiles. Pero habían asegurado un éxito del noventa y cinco por ciento, contrastado. ¿Qué podría pasar?
Mi corazón se hunde demasiado.
He llegado al escenario perfecto de tantos romances imposibles y películas almibaradas. Y esta agencia pretende que viva yo hoy la mía. Que esta sería mi mujer ideal. Ahora busco el hotel en el plano. Me bajo en la estación de tren y llego al Gran Canal en unos minutos andando. Apenas un equipaje de mano, un folleto estándar con las indicaciones y centenares de mujeres solas que pasean por esta ciudad soñada e imaginada, me niego a creer que construida. Cualquiera puede ser ella. Casi tan alta como yo, delgada, melena luenga castaña y ojos negros y profundos. Piel clara y con pecas.
El destino tiene una manera tan divertida…
Arrastro mi maleta con ruedas por la orilla del canal en busca de una lancha taxi que me lleve al hotel. Sé que no es el mismo que el de él, porque me lo han dejado claro en la agencia. Hay que mezclarse con la gente. Ha de ser lo más poco planificado dentro de la planificación. La única condición de los dos hoteles es que están a menos de doscientos metros el uno del otro. Y solo hay cerca de mil de estos establecimientos en la ciudad flotante.
¿Gira todavía el mundo a nuestro alrededor?
Mi hotel es el Rialto. En el centro, en la Plaza de San Marcos. El baile de máscaras será en sus salones esta noche. Subo y en mi habitación está mi máscara. Me quito la americana y la corbata, y lo contemplo. Seda azul e hilo de oro. Sombrero de tres picos, calzas, medias. Un auténtico disfraz veneciano, como las vestimentas de Giacommo. Me termino de desnudar y dejo que el espejo del armario me devuelva mi imagen. Tantos meses solo, de dieta y gimnasio y búsqueda de la mujer ideal, y resulta que he tenido que volar fuera de mi entorno para encontrarla. Me contemplo. Me gusto. Me voy a la ducha.
Quiero hacerlo contigo.
¿Qué me pasa? La cabeza me da vueltas. Estoy sola en el hotel San Moisés, nombre demasiado bíblico para mi gusto. He llegado a la habitación, y mi máscara está esperándome en la cama: rosa salmón, hilo de oro. Plumas de faisán y pavo real. Falda larga, abullonada, escote atrapado en el corpiño de ballenas una o dos tallas inferiores a la mía. Estará en sus ojos y en los míos, me dijo la chica de la agencia. Me aseguró que ella - que nos había conocido a los dos y que había intimado con los dos, y que nos encontraba perfectos a los dos -; me aseguró que ella se encargaría de que ese hombre no se perdiera esa noche; me juró que caería en los mejores brazos de Venecia. Yo solo he de buscar convenientemente. Faltan apenas tres horas, y no puedo pensar ni descansar. Me desnudo y voy a la ducha. El espejo me muestra mis curvas sin pudor. Me gustan y siento que gustan. Abro el grifo y dejo que el vaho me envuelva y abrace.
Puedo decirte lo que estás pensando.
Me he vestido con mis sedas azules y oro. Parezco un casanova cualquiera. Marca demasiado en algunas zonas, pero lo considero parte del juego. Recojo la tarjeta de invitación al baile y salgo de la habitación. Me cubro el rostro con la máscara. Sé que debo buscar un traje color salmón y oro. Nada más. Y, como caído del cielo, veo uno moverse frente a mí. Tu mirada se clava en la mía. Un poco más alta que yo, puede ser por los tacones. Tu sonrisa es inmensa. Brillas bajo las sedas. Solo te interrogo con la mirada y tú te escondes, tímida, tras el abanico. Pero tus pupilas se dilatan y creo ver hasta cómo se abren las ventanas de tu nariz. Te he gustado. Te ofrezco mi brazo y tu mano, enguantada, lo acepta sin pudor.
No hay sorpresas.
Ya he salido del baño, creo que es un poco tarde. Pero me he recreado en el ambiente con la ventana del baño abierta, viendo las idas y venidas de máscaras por los canales. Me he enfundado el corpiño, las medias y la falda. Me falta la peluca y el sombrero imposible y la máscara. El baile será en el hotel Rialto, muy cerca del mío. Aún así, pido a un botones del hotel que me acompañe, cosa que hará muy gustoso por unos cuantos euros de propina.
No hay sorpresas.
Bailamos bajo la las luces estroboscópicas. La música de la australiana nos abraza y nos deja conocernos sin hablar. Rozo tus manos, tus brazos desnudos y me pierdo en tu respiración, que hace al corpiño subir y bajar. No puedo pensar en ninguna otra cosa que no sea en el estado de felicidad que estoy. Ha salido a la perfección.

Está en tus ojos.
Ya estoy, con toda la parafernalia de traje y máscara, en el Rialto. Veo la pista de baile abarrotada. Busco la mirada que detenga la mía. Se supone que debía notarlo de inmediato. Azul, oro, máscara blanca. Complexión normal. Allá al fondo veo uno que coincide con los mínimos datos. Traje, porte, máscara. Pero está muy ocupado, besando y achuchando a una chica con traje color salmón y oro, con máscara blanca y plumas de faisán en el tocado…

miércoles, 25 de mayo de 2011

Muerte sin dolor

Un día normal, como otro cualquiera, de verano. La mañana transparente de un lunes.

Camina feliz para realizar sus transacciones habituales de lunes, aunque sienta que es distinto a otros lunes. Parece que flota al caminar. Diríase que la ropa se mueve sin apenas molestarle y que la cartera que lleva en su diestra no baja su brazo al caminar. Que debe sentir cómo las células de su dermis reaccionan al empuje de onda corpúsculo de la luz que le roza, cómo se activan los melanocitos, sin mucho éxito. Su sombra es leve y fresca, casi acuosa. Más fresca que el día que le circunda. Dobla la esquina y tropieza de frente sin poder evitarlo con un hombre que sostiene un cabo. Le pide perdón con la mano, el otro apenas sí le mira, pero suelta la cuerda.
Y cae un piano desde lo alto.
El ruido al romper contra el suelo es atrozmente sincopado pero armonioso. Cae sobre ese alguien que caminaba ese lunes como si fuera un lunes distinto y lo chafa. Algunas teclas, el encordado, los martillos, un pedal que un instante atrás eran un todo no son ahora sino el reflejo del caos atómico que compone la materia. El pobre desgraciado gime y estira su siniestra implorando algo de ayuda, una mano que tire de la suya, unas cuantas que muevan todas las corcheas que nunca sonarán y le dejen libres los pulmones. Gime. Mira a los ojos al fornido hombre que sostenía su futuro bemol y abre la boca; apenas sale aire. Los pulmones deben estar encharcados. Siente el hierro coagularse en su tráquea. Las piernas no responden a ningún estímulo y el brazo atrapado entre la acera y su cuerpo y las maderas astilladas, tampoco. Agoniza. Boquea como pez fuera del agua, la lengua sale y abre sus poros y se seca al sol.
El operario está apoyado contra la pared y respira con dificultad. Se abraza el pecho y mira, consternado, su carga. El piano de cola que tanto esfuerzo le había costado no rayar. Sintió un golpe en el costado, un empellón y su paga del día, y del año, le sonríe, sádica y mellada, desde el suelo.

Últimos estertores, pide ayuda. Pero nadie se la da. Lo ignoran. Nota cómo el último hálito de vida se le va por la boca de alcantarilla junto con sus fluidos cada vez menos vitales. Expira ignorado por todos, y nadie lamenta ni ayuda al pobre desgraciado.

Es lo malo que tiene ser hombre invisible.

domingo, 20 de marzo de 2011

Summertime (y 3)


Los dos hombres entran por separado en un portal de una calle de Brooklyn; portal que será retratado hasta la saciedad por las futuras cinéfilas generaciones, según puedo ver y veo.

Tiempo de verano. De vida fácil, de descanso bajo la quietud de la sombra caldeada del roble, de olores de tierra caliente y hierba seca. Tiempo de verano.

El sombrero de uno saluda al del otro con idéntica cordialidad. Suben las escaleras con la calma propia de un día de verano en Nueva York. Un pie, otro. Uno, otro. Estamos a mediados de los años cuarenta, dos solteros apuestos y galantes saben que pueden triunfar en la noche de la ciudad que nunca duerme. Fitzgerald mueve con sensualidad su voz alrededor de la trompeta de Armstrong. Yo tarareo la melodía por y para ellos. Creen escuchar las genialidades musicales de Gershwin mientras suben las escaleras. Pero son solo ecos provocados por mí.

Uno asesinó a su mujer y la enterró en el estanque que construía con su familia política, allá, en los Hamptons, hace unos meses. La pala que cavó su olvido parecía moverse con el mismo ritmo que el verano, chasqueaba la tierra, chapoteaba en el barro. Lento, pesado. El otro organizó una matanza de amantes y esposa que merecerá estudiarse en las escuelas de criminología en las décadas venideras. La escopeta rugía con desgana a cada disparo, empapada también del inmerecido estío. Ahora viven, camuflados sus pasados, en la inmensa Nueva York. Nadie preguntó cuando les alquilaron los apartamentos en este bloque. Nadie quiere saber nada en esta urbe gigantesca. Nadie, claro, excepto yo.

Suben a los apartamentos, se dan una ducha, y se preparan para salir a cenar y a divertirse. Pobres. No saben que les estoy vigilando, que conozco sus historias. Espero paciente en la puerta mientras fumo un auténtico rubio americano… Cómo nos engaña la publicidad. Mi taxi tiene la luz roja encendida hasta que veo al primero de ellos salir del portal. Alto, rubio, engominado, mira a izquierda y derecha como un zorro asustado. Ve el taxi, me hace una señal y no contesto. Tiempo de verano. La calma es todo.
El segundo acaba de salir. Ancho, fornido, moreno, algo más basto que el otro. También repite el gesto como de cuidarse las espaldas. Busca un vehículo libre y se fija en mí. Ahora sí. Respondo a los dos. “Libre”, digo sin aspavientos, sin prisas. Como una de esas mañanas de verano. Se miran. Les digo que por qué no comparten la carrera. Si van al mismo sitio, puede que les salga más barato. Se miran. Asienten. Uno de ellos admite que quiere ir a Broadway, a un cabaret del que le han hablado muy bien. El DeLuxe, se llama. Sonrío de medio lado. Es el mío, es donde quiero que vayan. El otro admite la posibilidad de ir al mismo sitio. Perfecto. Es tiempo de verano, de laxitud de costumbres, de disfrutar del calor de los cuerpos y del aire.

Arranco el motor, bajo la bandera y enfilo hacia Broadway. “Summertime” suena en la radio. Hago algún comentario al aire, como qué feliz coincidencia que ambos vayan al mismo destino. O que ambos sean solteros. Se miran entre ellos y uno pide permiso para encender un cigarrillo. A lo que respondo que no hay problema. Fumemos como si fuera nuestra última voluntad.

El viaje transcurre plácido por entre el aire caliente y húmedo y pegajoso de la noche de verano, como un sueño. El automóvil se desplaza, casi silencioso, por el puente. Apenas hay palabras flotando en el ambiente, solo las notas de genial compositor del que me declaro ante ellos rendido admirador. Apenas unos gruñidos salen de sus gargantas. Bárbaros. Una nota más en su lista de faltas. Sufrirán como los esclavos que recogían el algodón a ritmo de sus espirituales.

Llego a la esquina convenida y les muestro la entrada oculta del DeLuxe en el callejón. Mejor que la entrada principal que exige ser socio. Bajo del taxi, me acerco con ellos a la puerta metálica y golpeo tres veces. Despide calor, la chapa que cubre la entrada a su paraíso. O a su infierno. Una franja de luz y humo se escapa por la mirilla cuando se abre y se oye una voz cavernosa que demanda información. Me acerco al agujero y sonrío. Se oye descorrer el cerrojo y se abre. Una nube de sexo, alcohol y humo de tabaco puro nos sale a recibir. El ritmo es más acelerado pero es la misma melodía. Tienen la entrada libre. Lo único que les molesta es un ligero aroma desconocido. Nada extraño. Pero sí les parece anormalmente horrible es que salgan a recibirlos sus mujeres. Ellos gritan, intentan zafarse del abrazo de sus muertas y corren hacia mí. Me cogen del hombro y al girarme descubren, horrorizados, que no se puede matar a nadie invocando al demonio porque, de vez en cuando, el demonio acude.

Aunque sea tiempo de verano.


Fulgencio S. García

domingo, 13 de marzo de 2011

In the mood (2)

Capricho. Humor. Estado de ánimo.

No entiendo aún cómo ha podido suceder.

Dicen que Miller robó la melodía de “In the mood” a su compositor original. Que la escuchó en algún tugurio, interpretada por un tal Manone, y se la llevó en su oído para convertirla en disfrute para las generaciones posteriores. Y escucho su genialidad de la entrada de los saxos una y otra vez, y no puedo creerlo. No puedo creer que el bueno de Miller hiciera eso.

En mi estado de ánimo.

Así que incluso los más buenos y honrados prohombres son capaces de robar. De traicionar a sus amigos por un momento de gloria. Así entiendo lo que ha pasado entonces hoy aquí. Que alguien se ha creído que yo, por ser bueno y paciente, no era capaz de proteger lo que es mío. De dejar pasar mi momento de gloria por ser condescendiente.

Es mi capricho.

No. Era mi capricho, pero él no ha podido soportar que ella me eligiera a mí, después de probarnos a los dos, incluso al mismo tiempo. Ha venido, la ha convencido y ella, voluble como es por ser mujer, se ha dejado hacer. Y me la ha robado; la que iba a ser mía, cuando abandonara a mi mujer; y pretendía llevársela esta noche, no solo en el oído. También en el tacto, en el gusto, en el olfato…

Dicen que Miller, el año pasado, cuando ya grabó y registró “In the mood” como suya, le pagó a Manone una cantidad indecente de dinero para callarlo y que no le reclamara por plagio. Pero yo ya no podré aceptar ese dinero. A mis pies, en el porche de mi casa, están los cuerpos. Los rostros destrozados por las postas de la escopeta de caza. El de ella, para que nadie pueda recordarla jamás bella. El de él, para que todo el mundo sepa que mi capricho era eso, mío. Y el de mi mujer, en el cobertizo, porque ella no iba a entender que yo hubiera encontrado la felicidad en otros cuerpos. No entendería que mi humor dependía de otras personas. Y que mi estado de ánimo jamás volvería a ser el mismo. El diablo se apiade de mi alma.

Tiro la escopeta al suelo. Me doy media vuelta y, con las trompetas, los saxos y trombones retumbando en mi cabeza, arranco la furgoneta y me voy.


Fulgencio S. García.

domingo, 27 de febrero de 2011

Hormiguero


Contemplo extasiado la perfecta simetría de sus líneas puras. La verticalidad es perfecta, el cubicaje, armónico. Puedo sentir la vida en cada uno de los receptáculos, armoniosa y equilibrada.

Soy arquitecto y esta es mi obra cumbre. Pensé en él, lo desarrollé y ejecuté en una semana, e hice que lo construyeran en apenas seis meses. Surgió la idea cuando me distraje un domingo de verano por la tarde, al contemplar el lento y rítmico caminar de los descerebrados y fórmicos insectos, y vi la solución a la superpoblación de las ciudades: no podía seguir construyendo casas adosadas unifamiliares, no había más espacio libre. Necesitaba dar un giro al nuevo barrio residencial que me planteaban. La inspiración insectofílica y la rememoración de los barrios suburbanos estadounidenses de la década de los sesenta y setenta del extinto siglo veinte me llevaron a concebir este cubo maravilloso. Cada balcón, un salón en tubo que desemboca en una cocina, que se abre hacia derecha e izquierda en un baño y un dormitorio. De una a cuatro personas pueden habitar en él. Sin derrochar espacio y sin malgastarlo. Es perfecto. Los garajes, en la puerta principal y, en la terraza, un amplio espacio común para lavar, tender y socializar.

Lo único que no conseguía solucionar durante la ejecución, y con lo que estuve muy a disgusto, era el área de los sótanos. Demasiada luz natural, el tragaluz central no la tamizaba mejor. Mi idea original no la supieron desarrollar los obreros primeros que contraté, así que elegí una segunda cuadrilla. Estos se acercaron al motivo final pero, aun así, no entendieron el fin último del mismo. Tuve que contratar una tercera y pareció ser la definitiva. Comprendieron la utilidad de la luz indirecta, de las diferentes alturas, de los juegos de claros y de oscuros de las columnas que sustentan todo el artificio. Asumieron como suya la obra, y trabajaron a destajo, día y noche, en la formación de los cimientos, de los diferentes estratos, de los cerramientos, ventanas, puertas y persianas. De la pintura y estucados, del azulejado, y hasta de las barandillas de los balcones. Tanto trabajaron, y tan bien, que decidí que jamás volvería a trabajar con otros obreros que no fueran ellos. Luego me invadió la desazón: los futuros inquilinos de esta obra, ¿sabrían apreciar su perfección y armonía? No podía arriesgarme, así que ofrecí a aquella cuadrilla que ocuparan e hicieran suyos los habitáculos. El resto del personal de la obra no aceptó aquella situación, pero no me importó en absoluto. Creo que al final lo entendieron, algún día se lo preguntaré.
Una vez que comenzaron a ocupar los receptáculos, se me planteó una nueva cuestión. Si quería aprovechar al máximo las posibilidades de la construcción y explotar sin ningún tipo de miramientos sus virtudes, debía habitar yo también en ella. El primero R había quedado vacío, un extraño hueco que no había sabido acoplar de manera correcta, así que lo situé un poco descentrado. Más grande que los demás, y más oscuro, más húmedo. El típico apartamento en el que nunca logras evitar ni erradicar el olor a moho, pero lo consideré perfecto para mí. Allí me aposenté. Situé mi mesa de trabajo junto a la ventana que daba al patio interior, y me percaté del extraordinario espectáculo que me brindaban los reflejos sobre el cristal del tragaluz durante el avanzar del día. Así que miré mi obra y, satisfecho, me puse a elaborar los nuevos planos. Quería mejorar ese primer piso medio oscuro y húmedo, y me enfrenté a la ardua tarea de no desmerecer ni modificar el resto de la obra, para mí obra divina, durante el proceso. Conseguí arañar algunos metros, mover alguna fachada interior, pero el olor a humedad no se iba. Y creo que el moho comenzó a invadir los rincones de mi casa. Estaban verdes, y los hilos de las criaturas medio vegetales comenzaron a arrinconar la pintura lisa, los marcos y molduras de las puertas, los marcos y molduras de las ventanas. Mi moqueta se volvió verde, estaba blanda al tacto, mullida. Comencé a andar descalzo por entre los musgos y líquenes y mohos. A sentir cómo se entrelazaban sus hebras con mis dedos. Me percaté de lo diferente que podía ser la vida si me acostumbraba a aquella sensación. Además, el exceso de humedad empezó a no ser un problema: me evitaba el tener que estar continuamente bebiendo agua. Cuando el jefe de obra venía a verme para recibir instrucciones, le obligaba a descalzarse, a asistir a las reuniones exactamente igual que yo estaba. La primera vez reaccionó muy mal, no quería entrar y se empeñaba en denunciarme por acoso. La segunda, entendió que no había nada de maldad en ello. La tercera, creo que el casco comenzó a soldársele a la cabeza.

Han pasado meses desde aquellas primeras reuniones. Hoy, mi edificio vive y respira. Lo siento a cada paso. Mis obreros han desarrollado un sistema integral de trabajo y comunicación basada en los movimientos rápidos de sus manos, y en las señales que se dejan con productos químicos a lo largo de todo el recorrido laboral. Mi edificio alberga ya a más de tres mil personas. Los obreros trajeron a sus mujeres, que tienen hijos que se convierten en más obreros. O se dedican a buscar comida, sobre todo hongos, que cultivamos en los sótanos en permanente penumbra. Y yo, desde mi primero R, contemplo extasiado mi gran obra, mi primer reinado como rey de este inmenso hormiguero humano.


Fulgencio S. García.

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