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domingo, 27 de febrero de 2011

Hormiguero


Contemplo extasiado la perfecta simetría de sus líneas puras. La verticalidad es perfecta, el cubicaje, armónico. Puedo sentir la vida en cada uno de los receptáculos, armoniosa y equilibrada.

Soy arquitecto y esta es mi obra cumbre. Pensé en él, lo desarrollé y ejecuté en una semana, e hice que lo construyeran en apenas seis meses. Surgió la idea cuando me distraje un domingo de verano por la tarde, al contemplar el lento y rítmico caminar de los descerebrados y fórmicos insectos, y vi la solución a la superpoblación de las ciudades: no podía seguir construyendo casas adosadas unifamiliares, no había más espacio libre. Necesitaba dar un giro al nuevo barrio residencial que me planteaban. La inspiración insectofílica y la rememoración de los barrios suburbanos estadounidenses de la década de los sesenta y setenta del extinto siglo veinte me llevaron a concebir este cubo maravilloso. Cada balcón, un salón en tubo que desemboca en una cocina, que se abre hacia derecha e izquierda en un baño y un dormitorio. De una a cuatro personas pueden habitar en él. Sin derrochar espacio y sin malgastarlo. Es perfecto. Los garajes, en la puerta principal y, en la terraza, un amplio espacio común para lavar, tender y socializar.

Lo único que no conseguía solucionar durante la ejecución, y con lo que estuve muy a disgusto, era el área de los sótanos. Demasiada luz natural, el tragaluz central no la tamizaba mejor. Mi idea original no la supieron desarrollar los obreros primeros que contraté, así que elegí una segunda cuadrilla. Estos se acercaron al motivo final pero, aun así, no entendieron el fin último del mismo. Tuve que contratar una tercera y pareció ser la definitiva. Comprendieron la utilidad de la luz indirecta, de las diferentes alturas, de los juegos de claros y de oscuros de las columnas que sustentan todo el artificio. Asumieron como suya la obra, y trabajaron a destajo, día y noche, en la formación de los cimientos, de los diferentes estratos, de los cerramientos, ventanas, puertas y persianas. De la pintura y estucados, del azulejado, y hasta de las barandillas de los balcones. Tanto trabajaron, y tan bien, que decidí que jamás volvería a trabajar con otros obreros que no fueran ellos. Luego me invadió la desazón: los futuros inquilinos de esta obra, ¿sabrían apreciar su perfección y armonía? No podía arriesgarme, así que ofrecí a aquella cuadrilla que ocuparan e hicieran suyos los habitáculos. El resto del personal de la obra no aceptó aquella situación, pero no me importó en absoluto. Creo que al final lo entendieron, algún día se lo preguntaré.
Una vez que comenzaron a ocupar los receptáculos, se me planteó una nueva cuestión. Si quería aprovechar al máximo las posibilidades de la construcción y explotar sin ningún tipo de miramientos sus virtudes, debía habitar yo también en ella. El primero R había quedado vacío, un extraño hueco que no había sabido acoplar de manera correcta, así que lo situé un poco descentrado. Más grande que los demás, y más oscuro, más húmedo. El típico apartamento en el que nunca logras evitar ni erradicar el olor a moho, pero lo consideré perfecto para mí. Allí me aposenté. Situé mi mesa de trabajo junto a la ventana que daba al patio interior, y me percaté del extraordinario espectáculo que me brindaban los reflejos sobre el cristal del tragaluz durante el avanzar del día. Así que miré mi obra y, satisfecho, me puse a elaborar los nuevos planos. Quería mejorar ese primer piso medio oscuro y húmedo, y me enfrenté a la ardua tarea de no desmerecer ni modificar el resto de la obra, para mí obra divina, durante el proceso. Conseguí arañar algunos metros, mover alguna fachada interior, pero el olor a humedad no se iba. Y creo que el moho comenzó a invadir los rincones de mi casa. Estaban verdes, y los hilos de las criaturas medio vegetales comenzaron a arrinconar la pintura lisa, los marcos y molduras de las puertas, los marcos y molduras de las ventanas. Mi moqueta se volvió verde, estaba blanda al tacto, mullida. Comencé a andar descalzo por entre los musgos y líquenes y mohos. A sentir cómo se entrelazaban sus hebras con mis dedos. Me percaté de lo diferente que podía ser la vida si me acostumbraba a aquella sensación. Además, el exceso de humedad empezó a no ser un problema: me evitaba el tener que estar continuamente bebiendo agua. Cuando el jefe de obra venía a verme para recibir instrucciones, le obligaba a descalzarse, a asistir a las reuniones exactamente igual que yo estaba. La primera vez reaccionó muy mal, no quería entrar y se empeñaba en denunciarme por acoso. La segunda, entendió que no había nada de maldad en ello. La tercera, creo que el casco comenzó a soldársele a la cabeza.

Han pasado meses desde aquellas primeras reuniones. Hoy, mi edificio vive y respira. Lo siento a cada paso. Mis obreros han desarrollado un sistema integral de trabajo y comunicación basada en los movimientos rápidos de sus manos, y en las señales que se dejan con productos químicos a lo largo de todo el recorrido laboral. Mi edificio alberga ya a más de tres mil personas. Los obreros trajeron a sus mujeres, que tienen hijos que se convierten en más obreros. O se dedican a buscar comida, sobre todo hongos, que cultivamos en los sótanos en permanente penumbra. Y yo, desde mi primero R, contemplo extasiado mi gran obra, mi primer reinado como rey de este inmenso hormiguero humano.


Fulgencio S. García.

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