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domingo, 20 de marzo de 2011

Summertime (y 3)


Los dos hombres entran por separado en un portal de una calle de Brooklyn; portal que será retratado hasta la saciedad por las futuras cinéfilas generaciones, según puedo ver y veo.

Tiempo de verano. De vida fácil, de descanso bajo la quietud de la sombra caldeada del roble, de olores de tierra caliente y hierba seca. Tiempo de verano.

El sombrero de uno saluda al del otro con idéntica cordialidad. Suben las escaleras con la calma propia de un día de verano en Nueva York. Un pie, otro. Uno, otro. Estamos a mediados de los años cuarenta, dos solteros apuestos y galantes saben que pueden triunfar en la noche de la ciudad que nunca duerme. Fitzgerald mueve con sensualidad su voz alrededor de la trompeta de Armstrong. Yo tarareo la melodía por y para ellos. Creen escuchar las genialidades musicales de Gershwin mientras suben las escaleras. Pero son solo ecos provocados por mí.

Uno asesinó a su mujer y la enterró en el estanque que construía con su familia política, allá, en los Hamptons, hace unos meses. La pala que cavó su olvido parecía moverse con el mismo ritmo que el verano, chasqueaba la tierra, chapoteaba en el barro. Lento, pesado. El otro organizó una matanza de amantes y esposa que merecerá estudiarse en las escuelas de criminología en las décadas venideras. La escopeta rugía con desgana a cada disparo, empapada también del inmerecido estío. Ahora viven, camuflados sus pasados, en la inmensa Nueva York. Nadie preguntó cuando les alquilaron los apartamentos en este bloque. Nadie quiere saber nada en esta urbe gigantesca. Nadie, claro, excepto yo.

Suben a los apartamentos, se dan una ducha, y se preparan para salir a cenar y a divertirse. Pobres. No saben que les estoy vigilando, que conozco sus historias. Espero paciente en la puerta mientras fumo un auténtico rubio americano… Cómo nos engaña la publicidad. Mi taxi tiene la luz roja encendida hasta que veo al primero de ellos salir del portal. Alto, rubio, engominado, mira a izquierda y derecha como un zorro asustado. Ve el taxi, me hace una señal y no contesto. Tiempo de verano. La calma es todo.
El segundo acaba de salir. Ancho, fornido, moreno, algo más basto que el otro. También repite el gesto como de cuidarse las espaldas. Busca un vehículo libre y se fija en mí. Ahora sí. Respondo a los dos. “Libre”, digo sin aspavientos, sin prisas. Como una de esas mañanas de verano. Se miran. Les digo que por qué no comparten la carrera. Si van al mismo sitio, puede que les salga más barato. Se miran. Asienten. Uno de ellos admite que quiere ir a Broadway, a un cabaret del que le han hablado muy bien. El DeLuxe, se llama. Sonrío de medio lado. Es el mío, es donde quiero que vayan. El otro admite la posibilidad de ir al mismo sitio. Perfecto. Es tiempo de verano, de laxitud de costumbres, de disfrutar del calor de los cuerpos y del aire.

Arranco el motor, bajo la bandera y enfilo hacia Broadway. “Summertime” suena en la radio. Hago algún comentario al aire, como qué feliz coincidencia que ambos vayan al mismo destino. O que ambos sean solteros. Se miran entre ellos y uno pide permiso para encender un cigarrillo. A lo que respondo que no hay problema. Fumemos como si fuera nuestra última voluntad.

El viaje transcurre plácido por entre el aire caliente y húmedo y pegajoso de la noche de verano, como un sueño. El automóvil se desplaza, casi silencioso, por el puente. Apenas hay palabras flotando en el ambiente, solo las notas de genial compositor del que me declaro ante ellos rendido admirador. Apenas unos gruñidos salen de sus gargantas. Bárbaros. Una nota más en su lista de faltas. Sufrirán como los esclavos que recogían el algodón a ritmo de sus espirituales.

Llego a la esquina convenida y les muestro la entrada oculta del DeLuxe en el callejón. Mejor que la entrada principal que exige ser socio. Bajo del taxi, me acerco con ellos a la puerta metálica y golpeo tres veces. Despide calor, la chapa que cubre la entrada a su paraíso. O a su infierno. Una franja de luz y humo se escapa por la mirilla cuando se abre y se oye una voz cavernosa que demanda información. Me acerco al agujero y sonrío. Se oye descorrer el cerrojo y se abre. Una nube de sexo, alcohol y humo de tabaco puro nos sale a recibir. El ritmo es más acelerado pero es la misma melodía. Tienen la entrada libre. Lo único que les molesta es un ligero aroma desconocido. Nada extraño. Pero sí les parece anormalmente horrible es que salgan a recibirlos sus mujeres. Ellos gritan, intentan zafarse del abrazo de sus muertas y corren hacia mí. Me cogen del hombro y al girarme descubren, horrorizados, que no se puede matar a nadie invocando al demonio porque, de vez en cuando, el demonio acude.

Aunque sea tiempo de verano.


Fulgencio S. García

domingo, 13 de marzo de 2011

In the mood (2)

Capricho. Humor. Estado de ánimo.

No entiendo aún cómo ha podido suceder.

Dicen que Miller robó la melodía de “In the mood” a su compositor original. Que la escuchó en algún tugurio, interpretada por un tal Manone, y se la llevó en su oído para convertirla en disfrute para las generaciones posteriores. Y escucho su genialidad de la entrada de los saxos una y otra vez, y no puedo creerlo. No puedo creer que el bueno de Miller hiciera eso.

En mi estado de ánimo.

Así que incluso los más buenos y honrados prohombres son capaces de robar. De traicionar a sus amigos por un momento de gloria. Así entiendo lo que ha pasado entonces hoy aquí. Que alguien se ha creído que yo, por ser bueno y paciente, no era capaz de proteger lo que es mío. De dejar pasar mi momento de gloria por ser condescendiente.

Es mi capricho.

No. Era mi capricho, pero él no ha podido soportar que ella me eligiera a mí, después de probarnos a los dos, incluso al mismo tiempo. Ha venido, la ha convencido y ella, voluble como es por ser mujer, se ha dejado hacer. Y me la ha robado; la que iba a ser mía, cuando abandonara a mi mujer; y pretendía llevársela esta noche, no solo en el oído. También en el tacto, en el gusto, en el olfato…

Dicen que Miller, el año pasado, cuando ya grabó y registró “In the mood” como suya, le pagó a Manone una cantidad indecente de dinero para callarlo y que no le reclamara por plagio. Pero yo ya no podré aceptar ese dinero. A mis pies, en el porche de mi casa, están los cuerpos. Los rostros destrozados por las postas de la escopeta de caza. El de ella, para que nadie pueda recordarla jamás bella. El de él, para que todo el mundo sepa que mi capricho era eso, mío. Y el de mi mujer, en el cobertizo, porque ella no iba a entender que yo hubiera encontrado la felicidad en otros cuerpos. No entendería que mi humor dependía de otras personas. Y que mi estado de ánimo jamás volvería a ser el mismo. El diablo se apiade de mi alma.

Tiro la escopeta al suelo. Me doy media vuelta y, con las trompetas, los saxos y trombones retumbando en mi cabeza, arranco la furgoneta y me voy.


Fulgencio S. García.

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