Visitas desde la apertura

miércoles, 25 de mayo de 2011

Muerte sin dolor

Un día normal, como otro cualquiera, de verano. La mañana transparente de un lunes.

Camina feliz para realizar sus transacciones habituales de lunes, aunque sienta que es distinto a otros lunes. Parece que flota al caminar. Diríase que la ropa se mueve sin apenas molestarle y que la cartera que lleva en su diestra no baja su brazo al caminar. Que debe sentir cómo las células de su dermis reaccionan al empuje de onda corpúsculo de la luz que le roza, cómo se activan los melanocitos, sin mucho éxito. Su sombra es leve y fresca, casi acuosa. Más fresca que el día que le circunda. Dobla la esquina y tropieza de frente sin poder evitarlo con un hombre que sostiene un cabo. Le pide perdón con la mano, el otro apenas sí le mira, pero suelta la cuerda.
Y cae un piano desde lo alto.
El ruido al romper contra el suelo es atrozmente sincopado pero armonioso. Cae sobre ese alguien que caminaba ese lunes como si fuera un lunes distinto y lo chafa. Algunas teclas, el encordado, los martillos, un pedal que un instante atrás eran un todo no son ahora sino el reflejo del caos atómico que compone la materia. El pobre desgraciado gime y estira su siniestra implorando algo de ayuda, una mano que tire de la suya, unas cuantas que muevan todas las corcheas que nunca sonarán y le dejen libres los pulmones. Gime. Mira a los ojos al fornido hombre que sostenía su futuro bemol y abre la boca; apenas sale aire. Los pulmones deben estar encharcados. Siente el hierro coagularse en su tráquea. Las piernas no responden a ningún estímulo y el brazo atrapado entre la acera y su cuerpo y las maderas astilladas, tampoco. Agoniza. Boquea como pez fuera del agua, la lengua sale y abre sus poros y se seca al sol.
El operario está apoyado contra la pared y respira con dificultad. Se abraza el pecho y mira, consternado, su carga. El piano de cola que tanto esfuerzo le había costado no rayar. Sintió un golpe en el costado, un empellón y su paga del día, y del año, le sonríe, sádica y mellada, desde el suelo.

Últimos estertores, pide ayuda. Pero nadie se la da. Lo ignoran. Nota cómo el último hálito de vida se le va por la boca de alcantarilla junto con sus fluidos cada vez menos vitales. Expira ignorado por todos, y nadie lamenta ni ayuda al pobre desgraciado.

Es lo malo que tiene ser hombre invisible.

Follow by Email