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miércoles, 8 de junio de 2011

Carnaval (b.s.o. Kylie Minogue- "In your eyes")


Está en tus ojos.

Eso es lo que me dijeron que buscara cuando les telefoneé, tus ojos. Que estaría en tus ojos, que sabría reconocerte. La agencia de contactos solo me facilitó una detalladísima descripción de tu físico, de tu silueta muy femenina, pero no una foto. Y también los colores con los que vestirías esa noche. Pero no una foto, no era su estilo. Solo palabras y un juego para encontrarte. El escenario, Venecia. El entorno, el Carnaval. El juego, las máscaras. Los actores, una pareja desconocida. Uno de ellos yo; la otra, tú.
Puedo decir lo que estás pensando.
Cogí el avión con destino Venecia. Había leído en la ficha del nuevo chico que me habían enviado (ya he perdido la cuenta) que su complexión era normal, nada del otro jueves, pero describía su mente como muy vivaz y rápida. Y también sus ojos, con un extraño color parecido a la miel o al aceite destilado. Estaba deseando llegar al aeropuerto de destino y al hotel. Y buscar el disfraz reservado y vestir la máscara. Y buscar los colores determinados. Mi corazón palpitaba; demasiadas veces roto por los hombres, no quería darle más esperanzas inútiles. Pero habían asegurado un éxito del noventa y cinco por ciento, contrastado. ¿Qué podría pasar?
Mi corazón se hunde demasiado.
He llegado al escenario perfecto de tantos romances imposibles y películas almibaradas. Y esta agencia pretende que viva yo hoy la mía. Que esta sería mi mujer ideal. Ahora busco el hotel en el plano. Me bajo en la estación de tren y llego al Gran Canal en unos minutos andando. Apenas un equipaje de mano, un folleto estándar con las indicaciones y centenares de mujeres solas que pasean por esta ciudad soñada e imaginada, me niego a creer que construida. Cualquiera puede ser ella. Casi tan alta como yo, delgada, melena luenga castaña y ojos negros y profundos. Piel clara y con pecas.
El destino tiene una manera tan divertida…
Arrastro mi maleta con ruedas por la orilla del canal en busca de una lancha taxi que me lleve al hotel. Sé que no es el mismo que el de él, porque me lo han dejado claro en la agencia. Hay que mezclarse con la gente. Ha de ser lo más poco planificado dentro de la planificación. La única condición de los dos hoteles es que están a menos de doscientos metros el uno del otro. Y solo hay cerca de mil de estos establecimientos en la ciudad flotante.
¿Gira todavía el mundo a nuestro alrededor?
Mi hotel es el Rialto. En el centro, en la Plaza de San Marcos. El baile de máscaras será en sus salones esta noche. Subo y en mi habitación está mi máscara. Me quito la americana y la corbata, y lo contemplo. Seda azul e hilo de oro. Sombrero de tres picos, calzas, medias. Un auténtico disfraz veneciano, como las vestimentas de Giacommo. Me termino de desnudar y dejo que el espejo del armario me devuelva mi imagen. Tantos meses solo, de dieta y gimnasio y búsqueda de la mujer ideal, y resulta que he tenido que volar fuera de mi entorno para encontrarla. Me contemplo. Me gusto. Me voy a la ducha.
Quiero hacerlo contigo.
¿Qué me pasa? La cabeza me da vueltas. Estoy sola en el hotel San Moisés, nombre demasiado bíblico para mi gusto. He llegado a la habitación, y mi máscara está esperándome en la cama: rosa salmón, hilo de oro. Plumas de faisán y pavo real. Falda larga, abullonada, escote atrapado en el corpiño de ballenas una o dos tallas inferiores a la mía. Estará en sus ojos y en los míos, me dijo la chica de la agencia. Me aseguró que ella - que nos había conocido a los dos y que había intimado con los dos, y que nos encontraba perfectos a los dos -; me aseguró que ella se encargaría de que ese hombre no se perdiera esa noche; me juró que caería en los mejores brazos de Venecia. Yo solo he de buscar convenientemente. Faltan apenas tres horas, y no puedo pensar ni descansar. Me desnudo y voy a la ducha. El espejo me muestra mis curvas sin pudor. Me gustan y siento que gustan. Abro el grifo y dejo que el vaho me envuelva y abrace.
Puedo decirte lo que estás pensando.
Me he vestido con mis sedas azules y oro. Parezco un casanova cualquiera. Marca demasiado en algunas zonas, pero lo considero parte del juego. Recojo la tarjeta de invitación al baile y salgo de la habitación. Me cubro el rostro con la máscara. Sé que debo buscar un traje color salmón y oro. Nada más. Y, como caído del cielo, veo uno moverse frente a mí. Tu mirada se clava en la mía. Un poco más alta que yo, puede ser por los tacones. Tu sonrisa es inmensa. Brillas bajo las sedas. Solo te interrogo con la mirada y tú te escondes, tímida, tras el abanico. Pero tus pupilas se dilatan y creo ver hasta cómo se abren las ventanas de tu nariz. Te he gustado. Te ofrezco mi brazo y tu mano, enguantada, lo acepta sin pudor.
No hay sorpresas.
Ya he salido del baño, creo que es un poco tarde. Pero me he recreado en el ambiente con la ventana del baño abierta, viendo las idas y venidas de máscaras por los canales. Me he enfundado el corpiño, las medias y la falda. Me falta la peluca y el sombrero imposible y la máscara. El baile será en el hotel Rialto, muy cerca del mío. Aún así, pido a un botones del hotel que me acompañe, cosa que hará muy gustoso por unos cuantos euros de propina.
No hay sorpresas.
Bailamos bajo la las luces estroboscópicas. La música de la australiana nos abraza y nos deja conocernos sin hablar. Rozo tus manos, tus brazos desnudos y me pierdo en tu respiración, que hace al corpiño subir y bajar. No puedo pensar en ninguna otra cosa que no sea en el estado de felicidad que estoy. Ha salido a la perfección.

Está en tus ojos.
Ya estoy, con toda la parafernalia de traje y máscara, en el Rialto. Veo la pista de baile abarrotada. Busco la mirada que detenga la mía. Se supone que debía notarlo de inmediato. Azul, oro, máscara blanca. Complexión normal. Allá al fondo veo uno que coincide con los mínimos datos. Traje, porte, máscara. Pero está muy ocupado, besando y achuchando a una chica con traje color salmón y oro, con máscara blanca y plumas de faisán en el tocado…

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