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domingo, 27 de noviembre de 2011

EL calor dilata los cuerpos

Esa mañana hacía muchísimo calor, así que decidí darme un baño en el agua helada de aquel río para reducir mi temperatura. Al tumbarme húmedo en la hierba me noté un poco más grande y caliente que antes de remojarme. La toalla no tapaba la vergüenza mínima, las manos crecían, los pies se convertían en basamentos de hercúleas columnas. El asfixiante calor me estaba convirtiendo en una masa amorfa. Cada vez más grande, más alto, más lejos. Sentía algo extraño, un ligero picor primero, una tensión extraordinaria después. Las fibras de mi cuerpo se separaban velozmente y, a mayor distancia entre átomos, mayor velocidad de escape. Hasta que reventé. Un big bang de andar por casa expulsó fuera de mi órbita todas mis partículas elementales. Y fui consciente del destino de cada una de ellas, de la interacción con las otras fuerzas y partículas. Y en mi constante expansión en las cuatro dimensiones pude rememorar, en todos y cada uno de mis infinitos "yos", mi infancia, juventud y madurez, hasta llegar al punto de no retorno que fue ese verano de dos mil diez después de un baño en el río, en Garoña.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Perra vida

“¡Horror! ¿Son ya las siete? Otra vez no, por favor. Hace frío, y llueve, y está oscuro… Míralo, por ahí viene, con la correa, feliz porque sabe que vamos a pasear. Pero no es así. Él paseará. Él hará lo de siempre, retozará aquí y allí, se parará en escaparates y esquinas, saludará a todos sus amigos y luego me tendrá diez o quince minutos, de pie, junto al árbol del paseo marítimo. Ojala se olvide de mí hoy. Ojala no piense en salir hoy. Pero no, míralo, ahí está. Se pone el abrigo, mete el paquete de tabaco en el bolsillo, la cartera y ya está aquí. Me pone la correa al cuello y me obliga a salir a la calle. ¿Por qué no podrá tomarse el café y leer el periódico, tranquilo, seco, caliente, en casa? Qué vida más perra.”

sábado, 12 de noviembre de 2011

Elecciones

El azufre quemó las gargantas de los isleños y mató los peces. La isla comenzó a desalojarse. Los vecinos rumiaban aún las palabras dichas por el alcalde, días atrás, cuando les aseguraba que no había peligro alguno. Ahora lo perdían todo.
El volcán submarino creció hasta amanecer por encima del agua. Una nueva lengua de piedra y tierra se desperezó en el horizonte. El alcalde al ver el fenómeno alzó la voz y, eufórico en el éxodo, tomó el megáfono.
“¡Convecinos, he ahí la solución a nuestros problemas! ¡Nuestra salida de la crisis ha surgido del fondo del mar!” Nadie entendía de qué demonios hablaba: la pesca se había muerto, el turismo hacía semanas que había huido y se había evacuado toda población en cien kilómetros a la redonda por el peligro. “¿Es que no lo veis?”, repitió el político. “¡Volvamos y recalifiquemos toda la nueva superficie de inmediato; generemos nuevas tierras para edificar más y mejores hoteles, casinos, resorts, ciudades de vacaciones! ¡Sí, amigos, sí: salgamos de la crisis como solo sabemos salir los políticos, como hemos hecho otras veces: mirando hacia adelante con ilusión y coraje y con el esfuerzo de todos…!”

Una piedra aterrizó en su cabeza de un golpe seco y se la abrió. La gente, enloquecida, prorrumpió en aplausos y vítores para el lanzador.

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