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domingo, 25 de diciembre de 2011

En estos días

Llevo varios días dándole vueltas a la preocupación más importante de estas fechas: la felicitación navideña. Mi tradición personal siempre había sido estudiar con detenimiento a mis amigos y familiares y comenzar, desde principios de octubre, a buscar las tarjetas más apropiadas para cada uno: artesanas, étnicas, tradicionales, en papel reciclado… Y así conseguía, el futuro extinto puente de Todos los Santos, comenzar a escribir tarjetas personalizadas. Un micro relato para cada persona, centrado en nuestra relación, en los secretos compartidos de cada uno. No había dos iguales. Eso fue durante años. Por diversos motivos, sobre todo la falta de tiempo o la mala organización del mismo, llevo varios años que no, que no salen tarjetas de casa hacia ninguna parte. Y sí he recibido este año algunas que me han emocionado especialmente y me he dicho a mí mismo (que soy la persona con la que más hablo, pero también con la que más callo): si todos te desean paz, felicidad, salud, prosperidad e, incluso algún aventurado, suerte, ¿qué haces que no les deseas tú también algo, aunque sea bueno? Y me he puesto a pensar en ello. Llevo dos noches (tampoco enteras) con el pensamiento en la cabeza. ¿Qué puedo desear a mi mujer, a mis padres, a mis hermanos, a alguna persona querida incluso (gracias, Tip, por esa frase magistral pero no real en mi caso)? ¿Y a mis amigos? Entonces se me plantea una curiosa dicotomía: tengo amigos a los que no veo nunca, con los que no he hablado desde hace años pero que si nos encontramos por la calle, nos llaman la atención por efusiones no propias de nuestra edad ni condición. Y tengo amigos que han surgido de un par de años hacia acá que se han convertido en necesarios, en reales, en apoyo en los muy malos momentos y en recompensa en los escasos buenos. Entonces, ¿qué puedo desearles de verdad, sin falsas estampas navideñas y con el corazón – que es un órgano, no el centro de las emociones pero que, merced a la poesía y las películas de Antena 3, lo consideramos el generador de las mismas? Pues lo que no tengo pero quiero: TIEMPO. Quiero tener tiempo para contemplar una espectacular puesta de sol en el Atlántico y compartirla, o un amanecer en el Mediterráneo. O un paseo en un soleado día de fin de otoño en el páramo castellano. Un paseo por la ciudad que me lleve al cielo, o por la capital de provincias que me vio nacer con la persona que me da todo y perdona todo, y a la que cada día intento dar todo (Delia, sí, va por ti). O una visita en primavera a casa. Tiempo. Os deseo, de todo corazón, que tengáis todo el tiempo del mundo para apreciar los pequeños detalles de la vida, y que podamos sentirla pasar juntos. En esta Saturnalia (que se ha felicitado, entre otros, gracias al Doctor Sheldon Cooper), o en esta Navidad, o en este lo que sea, quiero que mi deseo se cumpla, quiero ayudaros y que me ayudéis a cumplirlo:

Feliz Tiempo Pasado y Próspero Tiempo por venir.
Y, como solía decir, cuidaos, que os cuiden.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Vocación

El chasquido del hueso al romperse bajo el hachazo le tranquilizaba. Con mecánica frialdad se dedicaba a descuartizar el cadáver mientras pensaba en su infancia y adolescencia. No tenía recuerdos agradables, solo cuerpos mutilados aquí y allá, costras rojas en su ropa y un hilo bermejo continuo en el suelo. Eso había sido su vida. Habría querido darle otro sentido, otro enfoque, pero no pudo. Su vocación quedó atrapada en su oficio.
Dejó caer de nuevo el hacha y llegó hasta la madera. Tuvo que forzar un poco más su musculosa derecha para recuperar el acero. Con los trozos de carne en la mano, se dirigió al mostrador y los enseñó a la clienta. “¿Así, doña Paquita?” “Sí, nene, ahora sí; el cordero troceado para las brasas, que este domingo viene mi hijo a casa.” Se volvió sobre sus enormes pies y pensó, de nuevo, en esa clienta y en los miles de clientas que tantas veces le habían amargado la existencia con sus manías y requerimientos. Visualizó la cara de doña Paquita en la del cordero y volvió a dejar caer, con precisión de cirujano, la herramienta. Se lamentó para sí una vez más de no ser lo suficientemente valiente como para dedicarse a su vocación primigenia, y siguió preparando el pedido.

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