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jueves, 19 de enero de 2012

Calefacción central

La señora de la casa, estirada hasta en el carácter, sube el termostato hasta la treintena. Afuera un sol poco habitual calienta los ánimos y las cervezas de las terrazas, y el cielo azulea el carácter sombrío del invierno. Y ella insiste en calentar al máximo su vivienda para poder caminar descalza y semidesnuda sus magras cirugías. Leopolda, su sirvienta, forrada de negro como cadáver y coronada con cofia como Gracita, suda la gota gorda en enero detrás y delante de ella para recoger y ordenar sus caprichos. A las tres en punto termina su jornada. Como puede llega hasta la cocina, se desviste y recoge una enorme bolsa de cartón de una franquicia de moda. La abre y mira dentro. Sonríe. Se pone su abrigo raído, donado por la beneficencia, abraza su tesoro y sale corriendo de la casa. Baja rauda la escalera, exhala su prisa hasta el autobús. Y media. Le quedan treinta minutos para llegar a su iglú. Este invierno no ha podido renovar los radiadores eléctricos y el butano está lejos de su alcance. Llega a su barrio, húmedo y estrecho; protege la bolsa en su abrigo. Le cuesta andar así. Pero sonríe. Llega al portal de su casa, verde en la parte baja, y un escalofrío se le sube a hombros, y sabe que ya no se bajará hasta el día siguiente. Tirita un poco al buscar la llave, pero las voces de sus hijos la animan. Les insta a que se metan deprisa bajo las mantas y entonces, casi sin quitarse el abrigo, saca el preciado botín: unas bolsas de agua caliente, tomadas de la casa de la señora, aún mantienen algo de su nombre en el interior. Sus hijos se aprietan, dos por cama, bajo pesadas mantas de lana y junto a la diminuta fuente de calor central. “Ya falta menos para poder encender la calefacción, aunque solo sea los primeros días del mes”, piensa para sí mientras sus hijos la admiran desde el fondo del invierno.

miércoles, 4 de enero de 2012

Notas de la calle

El sábado pasado salí a hacer la compra al mercadillo semanal de mi pueblo. Llevaba varias semanas sin ir así que estaba incluso emocionado. Cogí mi carro, cual Manolo, mis veinte eurillos, y me paseé marujilmente entre lechugas, tomates, manzanas castañas y cubremelones. Precisamente, en la parte en la que ubican la ropa (el mercadillo de mi pueblo no te lo acabas en una mañana), encontré a un gitano que exhibía, obsceno, varias montañas de ropa interior de señora, señorita y señoritinga, y que promocionaba pulmón en mano dando el precio de ganga: "¡¡ADÓADÓADÓADÓADÓADÓADÓ!!" por lo que, sin ser más lumbreras de lo que soy, entendí que lo vendía todo a dos euros. En estas elucubraciones estaba cuando vi que se acercaba una señora mayor y, con aire despistado como si quisiera engañarlo, le preguntó: "¿A cómo dices que va?", y el gitano, ni corto ni perezoso, le contestó: "Por ser tú, ¡a tré!", y la mujer le replicó: "Pero bueno, ¡si estás diciendo a dos!" "¡Coño, pó si lo há oío, ¿puéh pá qué pregunt'a?" El fin de la conversación sobrevino al retirarse, colorada como rosa, la señora preguntona.

Pero es que tenía el vendedor más razón que un santo.

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