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domingo, 26 de febrero de 2012

Desdoblado

Me despierto chapoteando en sudor frío. Qué sueño más extraño. Busco el despertador. Son las siete, como cada lunes. Me levanto y voy al baño. Abro el grifo del agua caliente y dejo que el vapor suba. Me lavo la cara y busco la espuma. Mientras me afeito, pienso en que no quiero ir a trabajar, un lunes más. Quisiera tener, como en aquella película de segunda, uno o dos dobles que hicieran por mí las tareas rutinarias para poder dedicarme yo, como un vulgar nuevo rico español, a los placeres de la vida. Mientras me afeito, levanto la cabeza y veo cómo me guiño un ojo. Pero no he movido un músculo, más allá de los necesarios. Mi imagen se termina de afeitar sin seguir mis instrucciones y, antes de que pueda evitarlo, sale del marco incomparable del espejo. Durante unos segundos aguardo, pero no le hago más caso.
En el rellano espero el ascensor. Anuncia su llegada con timbre de microondas barato y abre sus fauces. Me engulle. En el espejo de la cabina me miro de nuevo: ojeroso, cansado. Pero sonrío. No soy yo, vuelve a ser mi reflejo. Cuando la metálica voz anuncia que estamos en la planta principal, mi reflejo se marcha sin darme tiempo a reaccionar. Eso sí, pulsa el botón de la planta de mi casa y me manda a mi sillón.
Meto la llave en la cerradura y me veo al fondo del salón, con el aspirador, tranquilo. Me saludo y me digo que voy al despacho. Cierro la puerta de mi santuario, enciendo la luz y busco un libro con el que compartir el resto de la semana. No lo encuentro. Huelo algo de tabaco, miro hacia mi sillón. Estoy allí, sentado, desde el principio. Bajo el libro, me sonrío y me apunto con un 45 con silenciador. ¿Creías huir de la socialización obligatoria?
Me despierto, de nuevo.

martes, 21 de febrero de 2012

Desahucio

Los pobres desgraciados abandonaban lo que fue su hogar, empujados por los gritos de la policía y las impertinencias soeces del abogado y del apoderado del banco. Todos dirigidos por ese hombre de negro. Las tres voces disonantes armonizaban en compás de poca espera, y les obligaban a salir del inmueble que, años atrás, les vendieron como oro y hoy se destapara como aire. Desde hacía meses vivían de la beneficencia pero, como casi todo, también se había agotado. Al salir del portal el bebé imploró como solo un bebé sabe hacerlo, y el abogado amenazó a la madre con la mirada. Ella le respondió: “Qué quiere, es el único que tiene algo que decir hoy”. Afuera, los vecinos aullaban contra el sistema, contra el desahucio… Pero la mirada vidriosa del apoderado del banco, hipotecas en mano, hizo que se disolviera la manifestación tan rápido como se había organizado. El hombre de negro sonreía mientras tachaba de su lista ese nombre y esa dirección. Levantó la mirada y, entre la muchedumbre, sentí cómo sus ojos se clavaban en mí…

lunes, 6 de febrero de 2012

La chica de Ipanema

La chica de Ipanema fluía sensual hacia la playa, desde las colinas que rodeaban la bahía. Azul. El leve y corto vestido de flores jugaba a enredarse en el atardecer, con su risa y sus cabellos dorados, entre su piel morena y sus ojos. Azules. Los muchachos se volvían a su paso y todo resultaba tan perfecto como en la voz de Gilberto.

Hasta que sonó el claxon que despertó a la pobre y pálida infeliz que paseaba, medio en volandas medio caída, por el centro del otoño parisino sin prestar atención a las señales luminosas, al tráfico, a los negros y grises y marrones que la rodeaban de manera insolente.

Y la sonrisa que imaginaba como corona del mulato fibroso pero musculado, del escualo caza sirenas que esperaba encontrar en la playa para que la poseyera y la hiciera feliz, fue solo el morro de un Tiburón del cincuenta y seis.

Azul.

Paseo dominical.

Paseo el domingo por la mañana. Voy por la vía verde y disfruto del inclemente sol de este invierno extraño. Ando abonico y busco huertas, huertos, el río, los sotos artificiales, recuperados para dar la impresión de que nada ha cambiado en estas últimas décadas. El viejo puente ferroviario, restaurado para los viandantes, invita a imaginar viajes y desgracias y alegrías de hace un siglo, cuando lo de comer cinco veces al día era ciencia ficción. Hace calor, mucho. Llego hasta un grupo de casas, un cortijo, y veo un matrimonio de ancianos sentados. Ella de negro, con delantal negro, moño blanco, mirada perdida entre las arrugas de la vida. Él, boina en ristre, se apoya en una vieja mesa de madera y juega con un chato de vino, negro como su presente. No hablan, para qué. Con casi total seguridad se lo han dicho todo ya. Están solos. El mediodía llega inexorable y ella le pregunta que qué quiere comer. Él se encoge de hombros y apura el vaso. “Lo que haiga”, le escucho. Cruje algo, no sé si la silla o los huesos o el alma de ella cuando se levanta y abre la puerta de la casa. El hombre me mira, entre desafiante y desesperado, y acelero el paso. Cojo el teléfono móvil, maldito invento, y llamo a mis padres, por el pequeño placer de saber cómo están.

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