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viernes, 16 de marzo de 2012

Onírico (2), por Jose María Sanordevil

El zoco emana un tibio olor a especias
mezclado con jazmín y azahar,
pronto acaba la estación primaveral
y la tarde irradia transparencias

El amante dispuesto a amar
mira como ella sus velos retira
que como pétalos al suelo tira
mostrando su piel morena al danzar.

Ella suelta el enganche del hiyab,
el paño cae como guillotina
y el hombre muda el color de su faz.

En ese instante la dicha termina,
es la parca que anuncia el final,
aullidos se oyen cuando el día culmina.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Carnaval, te quiero.

El público, paciente, aguarda en la sala. Me asomo de manera tímida y miro a través de la pequeña rendija que la puerta y el marco me dejan. Lleno total. Mi primer día de trabajo y apenas puedo controlar los nervios. Ha venido la familia, los compañeros y los amigos. Todos mis seres queridos han decidido venir a mi debut. Es normal, tanto tiempo he querido triunfar y ser un actor de renombre que, al final, no han tenido más remedio que claudicar y darme la razón. Soy un artista.
Suenan los avisos. El espectáculo va a comenzar. Me miro de nuevo al espejo y mi sonrisa no cabe en él. El maquillaje es perfecto. Y ahí suena mi nombre. Me desplazo como puedo, casi cuarenta kilos de traje, y me vuelve loco el ver la cara de mis padres. No esperaban que me presentara a reina drag del carnaval de Tenerife.

París

En noviembre no amanece en París. Solo es un poco más claro el día que la noche. No hay sombras, no hay sol. Decir que esta ciudad en otoño es gris es redundante. Desde mi ventana veo una marea rítmica pero caótica que va de izquierda a derecha, por todos los huecos libres de la calle. Pero es una marea negra. Abrigos, gorros, pantalones, faldas. Un monocorde no roto más que por las luces de las ambulancias y de los bomberos. Bajo a la calle. Mi abrigo es gris perla, una longitud de onda distinta. Me hundo en la boca del metro, busco mi destino. Son muchas estaciones desde la Norte. No entro en el convoy, me entran. La marea humana me arrastra y no deja siquiera que boquee. Una parada. Dos. Seis. El traqueteo me anula los sentidos y me aturde. Soy una mosca gris en un plato de petróleo. Y como por arte de magia, entra ella en el vagón. La mística de abrigo rojo sangre. Una chica negra, altísima, elegante. Sexy. Se sabe mirada y admirada. Labios carnosos y marrones, mirada de almendra, piel canela. Y abrigo rojo. Y me quedo mirando fijamente y una voz a mi espalda me dice “bienvenido”. De manera instintiva llevo mi mano a mi nuca. Me volteo y la chica ha desaparecido.

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