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viernes, 7 de junio de 2013

Las abuelas ciegas


 

Llegan como tormenta de verano. Se arremolinan en torno a nosotros, nos aturden con sus gritos, nos empujan, desbarajustan y arrancan y desgarran todo a su paso hasta que se salen con la suya. Las abuelas, ciegas en su mundo, no respetan ni la más elemental cola del súper.

domingo, 19 de mayo de 2013

Amor incondicional


     ¿Me quieres?

     Claro, ¿por qué lo preguntas? ¿Por qué, esta mañana? Sabes que te quiero. Desde el primer día te quiero. Desde la primera vez que me sonreíste, desde la primera vez que te cogí de la mano te quiero. Desde que nos acostamos en esta cama, hace casi una vida, te he querido. Nunca he dejado de quererte y nunca…

     ¿Me quieres?

Me di cuenta, por fin, del horror al que su enfermedad nos iba a empujar para siempre.

martes, 14 de mayo de 2013

Telón

Se cierra el telón. Los actores paladean los últimos - literalmente - aplausos de su vida en este teatro. Los tramoyistas, antes de que pudieran siquiera voltearse y despedirse los unos de los otros, ya han comenzado a desmantelar los decorados, los camerinos incluso. El silencio atroz que flota entre los martillazos y los gritos de cuidado y atención no resta ni añade solemnidad al acto. El protagonista y su compañera miran en derredor y solo ven abatimiento y desgana. El empresario, en su palco, sentado junto a la implacable inversora, mira el reloj una y otra vez. Demasiado están tardando en desaparecer de su vista. El local está vendido, la firma rubricada, todo desaparece. Detrás del telón, solo hay flaqueza. Falta de voluntad. Han sido demasiadas representaciones juntos; toda una vida. Los diálogos entre ellos ya no eran textos a interpretar sino vida a vivir. Intentan articular palabra, alentarse. Pero saben que es imposible. Esa caída de telón, para ellos, para todos, ha sido la última.

En el teatro que una vez pareció amanecer un imperio, gracias a los caprichos del público volátil y la aquiescencia del empresario manipulado y bobo, en ese teatro - digo - jamás volverá a amanecer.

jueves, 2 de mayo de 2013

Manicomio.



Cuando amaneció, la intranquilidad volvió a mi mente. Seguía en el mismo sitio, con la misma ropa y el mismo aroma a hospital cerrado, húmedo. Las noticias del exterior eran cada vez peores. La masa, hambrienta, ocupaba ya  casas habitadas, colgaba a los irresponsables que – no hacía tanto tiempo – llevaron al abismo al país. Respirábamos las sirenas de los servicios de urgencia. Me levanté como pude y le pedí a mi enfermero que ese día tampoco me dejara salir a la realidad.

Alí Babá



Los Cuarenta llegaron en silencio, de noche, con alevosía. Se detuvieron frente a tu puerta, dijeron las secretas palabras y entraron todos, de golpe. Cuando, a la mañana siguiente, te levantaste y miraste en el espejo, allí estaban los Cuarenta, bailando en la comisura de tus labios y en el cierre de tus párpados.

100% cotton



“¡Qué novela tan larga!”, se dijo. Así que la lavó en agua caliente y lo encogió hasta este nano relato.

sábado, 2 de febrero de 2013

Página treinta y cinco, renglón ocho.



Nos avisaron diez minutos antes de la hora. Ya estábamos en el plató pintados como puertas, a la espera de la presunta nueva estrella de la canción ligera. Mi compañera y yo mirábamos con insistencia el reloj que colgaba, damoclesianamente, sobre nuestras cabezas.

No iba a llegar. La cadena había invertido millones en él y en sus gorgoritos; en sus rizos y sus lloros. Teníamos un programa de cuatro horas en directo para promocionar su disco, tan prescindible como redondo, y no iba a llegar.

Teníamos menos de diez minutos para encontrar  un sustituto capaz de llenar los más de doscientos huecos del reloj de banalidades, estereotipos, canciones olvidables y coreografías cárnicas. Resoplábamos, nerviosos, hasta que a mi recauchutada y oxigenada compañera se le ocurrió una idea. Cogió un libro, contó hasta la página treinta y cinco – dos veces – y señaló una línea. “Aquí”, sonrió triunfante. El productor, el realizador y yo intercambiamos tiernas miradas de horror. La nívea frente de la platina chiquilla se iluminó. “¿Y por qué no? También es famoso, ¿no?” Su voz aguda como rata pisada se nos clavó en el conocimiento, y le dijimos que de acuerdo.

El programa abrió con una frase que perdurará en la memoria televisiva del mundo entero: “A Felipe II le encantaba coleccionar pedacitos de santos…”

Al olor del pastel de manzana.



Al olor del pastel de manzana siempre me acuerdo de mi tía Jacinta.

Mi tía murió como había vivido, en una eterna hora del almuerzo. Aquel lunes entró, como cada martes, en su restaurante favorito; ella era así de previsible. Pidió el menú degustación y empezó, uno tras otro, a engullir las viandas. La muerte le sobrevino entre el postre y el repostre, justo antes de la segunda ronda de licores. Cuando el maître se acercó con la bandeja del magnífico pastel de la bíblica fruta se quedó lívida, como si la cuenta del restaurante hubiera sido más de lo previsto, y calló para siempre. Mi tío, su compañero ideal, tuvo un gesto que le honraría: terminó su pastel de chocolate y el de manzana a la inexistente salud de la muerta antes de avisar al juez, a la funeraria y a la grúa municipal para que levantaran, entre todos, el cadáver.

Cuando el esforzado vehículo logró descargarla en el anatómico forense, un quejido apenas más fuerte que el despegue de un reactor salió del cuerpo inerte de mi parienta. “Es el aire de lo ingerido”, nos dijo el médico, “que busca su válvula de escape”.

Compungido, mi tío organizó con celeridad el sepelio y el entierro. Dado el volumen de su difunta canal, dispuso un buldózer para horadar su eterna morada. El día en que la grúa izó por segunda y última vez a mi sonriente tía fue el mismo en que la pastelería de la esquina cerró por cese de negocio. Y ahí lloré.

Todos en mi familia éramos devotos admiradores del pastel de manzana de aquel maestro confitero.

sábado, 19 de enero de 2013

Fulgenciadas

Nací un día de diciembre, nunca supe exactamente cuál, dada mi escasa edad en el momento cumbre de mi vida.
 — “Después de su hija guapa”, dijeron a mi madre, “ha tenido una cabeza con arrugas en la barbilla”.

Crecí, me expandí, las arrugas devinieron miembros. Llegué a ocupar el espacio de dos personas y un perro. El reflejo del espejo solo decía: cabeza, enmarcada por pelambres ingobernables; gafas, más grandes de lo recomendado por el pediatra; cuerpo, enorme; pies, de la talla cuarenta y seis.

Continuaba con la ocupación de mi lugar en el mundo, y del de mi vecino, cuando puberté. Las hormonas no se me revolucionaron: conquistaron territorios inexplorados y se asentaron en colonias a lo largo y, sobre todo, ancho de mi ser. Abandoné ese estado de imbecilidad y granos infinitos y una novia sucedió a otra como los años que caían en el calendario de mi abuela: de ninguna manera. Quise perder varias arrobas para engañar a alguna chica y que me dejara tocarle los pechos. “¡Si los tienes más grandes que yo!”, me contestaban, huyendo, las muy pícaras.

Así andaba por la vida, maravillado por mis escasos logros y menos luces, y un buen día en que fui a hacer la compra, me equivoqué y llegué al registro civil. Una duda me asaltó. Entré y di mi nombre. “Susano”, remarcó la funcionaria siniestra. “He aquí su partida de nacimiento”. No podía ser.

Allí, marcado con rotulador rojo, figuraba el día que no quise haber sabido nunca: veintiocho de diciembre.

Fulgencio S. García

Noche de bodas

“(¿Dónde está el maldito cortaúñas? No puedo salir con esta dichosa uña encarnada. No esta noche. No vestida de blanco satén, con liguero, puntillas y encajes. No puedo enseñarle el defecto hoy. Aunque, la verdad, la culpa es suya si no le gusta. Mira que empeñarse, a estas alturas de siglo, en no tener sexo hasta la noche de bodas. Joder, que una tiene sus necesidades. Pero no, el señorito no quería. Bueno, al menos esta manía suya me ha servido para adelantar casi un año la boda. Porque si me descuido, salimos del siglo y… ¡para vestir santos! Y el puñetero cortaúñas sin aparecer. ¿Y si…? ¡En la bolsa de aseo de él! No, en la suya no está. Y aquí tampoco...)

 — ¡Ya voy, cariño, ya voy!
(Y la manía que tiene de quererme ver vestida pero sin zapatos. Rarito es. Y yo con estas medias de putón clavaditas hasta el alma, que también las quería así…)

― ¡Que sí, Juan, joder, ya voy! ¡No, no estoy nerviosa porque me vayas a… ¿A qué, has dicho? ¡Ay, señor, desflorarme, dice! Como no plantes una flor primero… Que no, Juan, que son tonterías mías, que no sufras; que no, hombre… ¡que tampoco han sido tantos!

(Mira, yo salgo; total, antes o después se enterará de la dichosa uña encarnada, de los dolores de juanetes y de los colgajos de los brazos. A la de una, a la de dos y…)

― Juan, ¿qué haces con el cortaúñas? ¿Y esa sonrisa abierta? Juan, ¿Por qué resoplas y te pones tan colorado? Juan, ay, Juan…”

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