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sábado, 19 de enero de 2013

Fulgenciadas

Nací un día de diciembre, nunca supe exactamente cuál, dada mi escasa edad en el momento cumbre de mi vida.
 — “Después de su hija guapa”, dijeron a mi madre, “ha tenido una cabeza con arrugas en la barbilla”.

Crecí, me expandí, las arrugas devinieron miembros. Llegué a ocupar el espacio de dos personas y un perro. El reflejo del espejo solo decía: cabeza, enmarcada por pelambres ingobernables; gafas, más grandes de lo recomendado por el pediatra; cuerpo, enorme; pies, de la talla cuarenta y seis.

Continuaba con la ocupación de mi lugar en el mundo, y del de mi vecino, cuando puberté. Las hormonas no se me revolucionaron: conquistaron territorios inexplorados y se asentaron en colonias a lo largo y, sobre todo, ancho de mi ser. Abandoné ese estado de imbecilidad y granos infinitos y una novia sucedió a otra como los años que caían en el calendario de mi abuela: de ninguna manera. Quise perder varias arrobas para engañar a alguna chica y que me dejara tocarle los pechos. “¡Si los tienes más grandes que yo!”, me contestaban, huyendo, las muy pícaras.

Así andaba por la vida, maravillado por mis escasos logros y menos luces, y un buen día en que fui a hacer la compra, me equivoqué y llegué al registro civil. Una duda me asaltó. Entré y di mi nombre. “Susano”, remarcó la funcionaria siniestra. “He aquí su partida de nacimiento”. No podía ser.

Allí, marcado con rotulador rojo, figuraba el día que no quise haber sabido nunca: veintiocho de diciembre.

Fulgencio S. García

Noche de bodas

“(¿Dónde está el maldito cortaúñas? No puedo salir con esta dichosa uña encarnada. No esta noche. No vestida de blanco satén, con liguero, puntillas y encajes. No puedo enseñarle el defecto hoy. Aunque, la verdad, la culpa es suya si no le gusta. Mira que empeñarse, a estas alturas de siglo, en no tener sexo hasta la noche de bodas. Joder, que una tiene sus necesidades. Pero no, el señorito no quería. Bueno, al menos esta manía suya me ha servido para adelantar casi un año la boda. Porque si me descuido, salimos del siglo y… ¡para vestir santos! Y el puñetero cortaúñas sin aparecer. ¿Y si…? ¡En la bolsa de aseo de él! No, en la suya no está. Y aquí tampoco...)

 — ¡Ya voy, cariño, ya voy!
(Y la manía que tiene de quererme ver vestida pero sin zapatos. Rarito es. Y yo con estas medias de putón clavaditas hasta el alma, que también las quería así…)

― ¡Que sí, Juan, joder, ya voy! ¡No, no estoy nerviosa porque me vayas a… ¿A qué, has dicho? ¡Ay, señor, desflorarme, dice! Como no plantes una flor primero… Que no, Juan, que son tonterías mías, que no sufras; que no, hombre… ¡que tampoco han sido tantos!

(Mira, yo salgo; total, antes o después se enterará de la dichosa uña encarnada, de los dolores de juanetes y de los colgajos de los brazos. A la de una, a la de dos y…)

― Juan, ¿qué haces con el cortaúñas? ¿Y esa sonrisa abierta? Juan, ¿Por qué resoplas y te pones tan colorado? Juan, ay, Juan…”

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