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sábado, 2 de febrero de 2013

Página treinta y cinco, renglón ocho.



Nos avisaron diez minutos antes de la hora. Ya estábamos en el plató pintados como puertas, a la espera de la presunta nueva estrella de la canción ligera. Mi compañera y yo mirábamos con insistencia el reloj que colgaba, damoclesianamente, sobre nuestras cabezas.

No iba a llegar. La cadena había invertido millones en él y en sus gorgoritos; en sus rizos y sus lloros. Teníamos un programa de cuatro horas en directo para promocionar su disco, tan prescindible como redondo, y no iba a llegar.

Teníamos menos de diez minutos para encontrar  un sustituto capaz de llenar los más de doscientos huecos del reloj de banalidades, estereotipos, canciones olvidables y coreografías cárnicas. Resoplábamos, nerviosos, hasta que a mi recauchutada y oxigenada compañera se le ocurrió una idea. Cogió un libro, contó hasta la página treinta y cinco – dos veces – y señaló una línea. “Aquí”, sonrió triunfante. El productor, el realizador y yo intercambiamos tiernas miradas de horror. La nívea frente de la platina chiquilla se iluminó. “¿Y por qué no? También es famoso, ¿no?” Su voz aguda como rata pisada se nos clavó en el conocimiento, y le dijimos que de acuerdo.

El programa abrió con una frase que perdurará en la memoria televisiva del mundo entero: “A Felipe II le encantaba coleccionar pedacitos de santos…”

Al olor del pastel de manzana.



Al olor del pastel de manzana siempre me acuerdo de mi tía Jacinta.

Mi tía murió como había vivido, en una eterna hora del almuerzo. Aquel lunes entró, como cada martes, en su restaurante favorito; ella era así de previsible. Pidió el menú degustación y empezó, uno tras otro, a engullir las viandas. La muerte le sobrevino entre el postre y el repostre, justo antes de la segunda ronda de licores. Cuando el maître se acercó con la bandeja del magnífico pastel de la bíblica fruta se quedó lívida, como si la cuenta del restaurante hubiera sido más de lo previsto, y calló para siempre. Mi tío, su compañero ideal, tuvo un gesto que le honraría: terminó su pastel de chocolate y el de manzana a la inexistente salud de la muerta antes de avisar al juez, a la funeraria y a la grúa municipal para que levantaran, entre todos, el cadáver.

Cuando el esforzado vehículo logró descargarla en el anatómico forense, un quejido apenas más fuerte que el despegue de un reactor salió del cuerpo inerte de mi parienta. “Es el aire de lo ingerido”, nos dijo el médico, “que busca su válvula de escape”.

Compungido, mi tío organizó con celeridad el sepelio y el entierro. Dado el volumen de su difunta canal, dispuso un buldózer para horadar su eterna morada. El día en que la grúa izó por segunda y última vez a mi sonriente tía fue el mismo en que la pastelería de la esquina cerró por cese de negocio. Y ahí lloré.

Todos en mi familia éramos devotos admiradores del pastel de manzana de aquel maestro confitero.

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